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lunes, 28 de agosto de 2023

5 SAGAS DE CIENCIA FICCIÓN QUE DEBES LEER

 

1. LA SAGA DE LOS HEECHEES

La Saga de los Heechees es una serie de novelas del escritor estadounidense Frederik Pohl, escritas entre 1976 y 1990.

 

Los Heechee son una raza alienígena tecnológicamente muy avanzada y que visitó el sistema solar hace cientos de milenios, desapareciendo misteriosamente y dejando atrás infinidad de artefactos y naves espaciales, que los seres humanos tomarán para su evolución y conocimiento del espacio. Las naves espaciales Heechee tienen una característica muy especial: y es que no se puede determinar el punto de llegada. Los exploradores deberán arriesgarse a partir sin saber a dónde les llevará el destino.

 

Esta saga está compuesta de cinco novelas: Pórtico (1976); Tras el incierto horizonte (1980); El encuentro (1984); Los anales de los Heechee (1987) y Los exploradores de Pórtico (1990).

 

Si te gustan los videojuegos y has jugado a Mass Effect, podrás reconocer fácilmente la influencia de esta obra en la trilogía de BioWare.

 


 

2. LA SAGA DE LA CULTURA

También conocida como el Ciclo de la Cultura, son una serie de novelas del escritor escocés Iain M. Banks, escritas entre 1987 y 2012.

 

La Cultura es una sociedad formada por diferentes razas humanoides e inteligencias artificiales muy avanzadas, cuyos miembros no necesitan trabajar puesto que no existe escasez de ningún tipo. Es una sociedad idealizada e idealista de carácter semi anárquico, administrada por las inteligencias artificiales avanzadas. El tema en esta serie de novelas, es principalmente el choque que se produce entre una megapotencia idealista, representada por la Cultura, con otras civilizaciones menos desarrolladas y que en muchos casos no comparten la visión que la Cultura quiere imponer, a veces de modo sibilino y otras, por la fuerza de las armas.

 

Esta saga está compuesta de las siguientes novelas: Pensad en Flebas (1987); El jugador (1988); El uso de las armas (1990); Última generación (1989); Excesión (1996); Inversiones (1998); A barlovento (2000); Materia (2008); Detalle superficial (2010) y La sonata del hidrógeno (2012).

 

Lo que me ha parecido más fascinante en esta saga, además del despliegue de imaginación y coherencia del universo que plantea el autor, es que las novelas son auto conclusivas, y ninguna tiene que ver con la predecesora. Pero todas tienen como protagonista, como base o como telón de fondo a la Cultura. Encontraremos desde historias que se desarrollan en el espacio con meganaves dotadas de inteligencia a otras que claramente suceden en una “Edad Media”.

 


3. SAGA DEL ESPACIO REVELACIÓN

La saga del Espacio Revelación es una obra del astrónomo, astrofísico y escritor galés Alastair Reynolds, escritas entre los años 2000 y 2007.

 

En esta creación de Reynolds, la Paradoja de Fermi se explica gracias a una raza alienígena llamada Inibidores, y que exterminan a aquellas razas que superan un determinado nivel tecnológico (de nuevo podemos recordar la saga de los Heechee y el videojuego Mass Effect). En este espacio revelado, la velocidad de los viajes espaciales de la humanidad nunca supera la de la luz, aunque se aproxima bastante. Este hecho llama la atención de los Inibidores, resultando en una guerra entre estos y los humanos.

 

Esta saga consta de tres novelas con un arco narrativo común: Espacio Revelación (2000), El arca de la redención (2002) y El desfiladero de la absolución (2003); y dos independientes: Ciudad Abismo (2001) y El prefecto (2007), situándose la primera entre Espacio Revelación y El arca de la redención, y la segunda después de El desfiladero de la absolución.

 


4. SAGA IMPERIAL RADCH

Una saga que no te dejará indiferente, de la escritora estadounidense Ann Leckie. ¿Te imaginas escribir una primera novela de ciencia ficción y ganar todos los premios más prestigiosos de este género? Pues bien, ese es el caso de esta extraordinaria escritora, ganadora de los premios Nébula, Hugo y Locus en 2014 por la primera novela de esta trilogía: Justicia Auxiliar.

 

Las Auxiliares son humanas modificadas controladas por la inteligencia artificial de unas enormes naves de combate. En este universo creado por Leckie, el tema del género es muy importante, algo que sin duda habrá costado más de un quebradero de cabeza a la hora de traducir las novelas. En el Imperio del Radch, se refieren siempre en femenino, excepto a las Auxiliares, que lo hacen en género neutro. Sin embargo, la traductora Victoria Morera ha hecho un magnífico trabajo.

 

En el primer título de la saga, Justicia Auxiliar, se nos presentará a la protagonista de las tres novelas: Breq, una Auxiliar que anteriormente fue la IA que controlaba a una Justicia, la mayor de las naves de guerra del Imperio. Esta novela fue la que cosechó todos los premios que comenté un poco más arriba. Términos y conceptos como multiplicidad, cuerpos clonados con una misma mente, junto a una ambientación increíble de un imperio humano en plena expansión, con portales para viajes interestelares o la existencia de unos alienígenas misteriosos, proporcionan una historia difícil de olvidar.

 

La trilogía se compone de Justicia Auxiliar (2013), Espada Auxiliar (2014), y finaliza con Misericordia Auxiliar (2015).

 

Antes de empezar su lectura prepárate una buena taza de té, y degústala despacio mientras te adentras en el Imperio del Radch (lo entenderás pronto).

 


5. SAGA LUNA HELADA

Ya escribí anteriormente sobre el primer volumen de esta saga perteneciente al escritor alemán de ciencia ficción Hard, Brandon Q. Morris, Luna Helada (Lee la reseña aquí). Fue un descubrimiento para mí. Morris, además de unas ideas brillantes, tiene una narrativa sencilla alejada de florituras y que para la ciencia ficción que escribe, le sienta como un guante. No es sencillo escribir ciencia ficción dura, pero el autor demuestra su maestría con cada novela que publica.

 

La historia nos llevará desde una primera misión a Encélado, a recorrer parte de las lunas de Saturno, incluyendo a Titán e Ío. A lo largo de sus páginas, veremos hipótesis plausibles de viajes espaciales, de contactos extraterrestres, llegando a tocar temas tan interesantes como el transhumanismo. No son novelas de personajes complejos que estén en constante evolución, sino de ideas e hipótesis plausibles de cómo serán en un futuro próximo, los caminos de la humanidad por nuestro sistema solar, en su búsqueda de la vida extraterrestre y de otros entornos para colonizar. La lectura es muy ágil y a pesar de que se habla de ciencia, es de fácil comprensión para personas no versadas en estas cuestiones.

 

Esta tetralogía está compuesta por La misión Encélado (2017); La sonda Titán (2018); Encuentro en Ío (2018); Regreso a Encélado (2018); y termina con La catástrofe de Júpiter (2018).



lunes, 20 de marzo de 2023

Mundo Anillo (Reseña)

 




         Otra de esas novelas imprescindibles para cualquier persona amante de la ciencia ficción, es Mundo Anillo (Ringworld en su título original), del escritor estadounidense Larry Niven. Publicada en el año 1970, ganó los premios Hugo, Nébula y Locus de 1971, muestra de la importancia de esta obra en la historia de la ciencia ficción.

            Un equipo de exploradores formado por dos humanos y dos alienígenas serán los elegidos para investigar una extraña y gigantesca estructura con forma anular que rodea una estrella: Mundo Anillo. Tendrán una llegada accidentada y más tarde, deberán encontrar una forma de regresar al espacio y abandonar ese mundo artificial.

            Nos encontramos ante una novela enorme, de increíble imaginación y además con unos personajes que dejarán una gran huella después de su lectura. Luis Wu, Teela Jandrova, el extraterrestre de la raza Kzin llamado Interlocutor-de-animales y el alienígena perteneciente a una especie avanzada llamada Titerotes de Pierson y que lleva por nombre Nessus, correrán multitud de aventuras a medida que exploran y tratan de escapar de Mundo Anillo. Los Titerotes de Pierson son una especie extremadamente prudente y paranoica, y tienen fama de manipular a otras especies para hacerles los trabajos que puedan resultar peligrosos. En cambio, los Kzin son seres de tipo felino, guerreros y feroces depredadores. Estos singulares alienígenas formarán un curioso equipo junto al protagonista Luis Wu, un aventurero retirado que se encuentra aburrido de todo y pasa la vida de fiesta en fiesta.

            Niven hace una crítica a los fundamentalismos religiosos en esta novela, aunque tal vez lo más interesante de la novela sean los conceptos tecnológicos, así como las especies alienígenas que forman parte de su «espacio conocido», que es el escenario ficticio donde transcurren otras novelas y relatos del autor.

         Mundo Anillo sería la primera novela de una tetralogía. Continuaría con Ingenieros de Mundo Anillo (1980), Trono de Mundo Anillo (1996) y finalizaría con Hijos de Mundo Anillo (2004).

     Por poco que te guste la ciencia ficción, Mundo Anillo debería ser una obra imprescindible en tu biblioteca.



miércoles, 8 de febrero de 2023

La paja en el ojo de Dios (reseña)

          




        En el año 3017, la humanidad ya se ha expandido por la galaxia. Proveniente de la nebulosa llamada “El ojo de Murcheson” y apodada como “El ojo de Dios” aparece una pequeña nave espacial en cuyo interior aparecen unos alienígenas sin vida. A partir de ese increíble descubrimiento, se enviará una misión de exploración al sistema de procedencia de la nave.

        La paja en el ojo de Dios (1974), es una de las mejores novelas coescritas por Larry Niven y Jerry Pournelle, tándem que siempre funciona y que nunca decepciona. Esta novela trata del primer contacto entre la raza humana y una civilización alienígena llamados “Pajeños” y que cuentan con unas costumbres bien particulares. No es una novela de “primer contacto” al uso, al contrario, en "La paja en el ojo de Dios" se planteará un dilema muy interesante acerca de la convivencia entre dos civilizaciones de especies muy diferentes y que no buscan competir entre ellas ni eliminarse. ¿Podrán convivir humanos y pajeños? Lo cierto, es que los autores proponen una solución a ese dilema, aunque puede que este no sea del gusto de todos los lectores.

        Esta novela fue finalista de los premios Hugo, Nébula y Locus en 1975 y su continuación tuvo que esperar unos cuantos años más, hasta que se publicó en 1993 “El tercer brazo”, aunque no ha recibido muy buenas críticas, pues aunque ahonda un poco en los conflictos creados en la primera, no se puede considerar una obra imprescindible como sí sucede con “La paja en el ojo de Dios”.

        De esta pareja de autores también destacaría las novelas “Inferno” (1976); “El martillo de Lucifer” (1977) y “Ruido de pasos” (1985) entre otras. Por separado, de Larry Niven recomiendo la tetralogía de Mundo Anillo, de las que más adelante dedicaré un post. Dos son las obras que destacaría de Pournelle escritas en solitario, y se trata de “El mercenario” (1977) y “El soldado” (1978).



lunes, 10 de octubre de 2022

Despensa (Relato)

 



  

          “Para sobrevivir como especie, a la larga debemos viajar hacia las estrellas”. Sin duda alguna, es una gran frase. Se la debemos a Stephen Hawking, uno de los mejores científicos de la historia. La humanidad, tenía que abandonar la Tierra y el siguiente paso, era el espacio. Me pregunto, qué diría ahora Hawking, ya que salir a colonizar nuestro sistema solar, fue lo que precipitó la aparición de los Orloks.

 

            —¡Eh! ¿Me oís? Tengo hambre —Golpeé con la bandeja vacía de la comida, contra la puerta metálica de la celda.

            Al cabo de unos instantes, se abrió una pequeña trampilla en la pared trasera, con otra bandeja de comida, llena a rebosar. Afortunadamente, estos sucios alienígenas, no me quieren matar de hambre. Claro que, la comida no es muy deliciosa. Es una especie de espaguetis, excesivamente cocidos, blandos e insípidos, aderezados con un líquido de color negro, que tiene cierto regusto a mentol. Al final, he terminado por acostumbrarme.

 

            Todo empezó después de estrenar la quinta base marciana.  La verdad es que no nos iba mal del todo. No se podía decir, que los asentamientos fuesen autónomos, pero ya producíamos la suficiente energía para cubrir nuestras necesidades, y en los invernaderos, las primeras verduras crecían extraordinariamente bien. En el séptimo año de colonización, un equipo de exploración encontró una cueva, al pie del Valles Marineris. En su interior, hallaron restos de una antigua civilización. Objetos tecnológicos, cuyo uso no podíamos ni imaginar, aparecían semi enterrados en el polvo marciano que conseguía entrar, gracias a las tormentas. Rápidamente, se formó un equipo para investigar estas reliquias, formado por el astrofísico Simon Wiesner; la Dra. Sanabria, bióloga; y para la parte de ingeniería electrónica, me incluyeron a mí, Mark Tandus.

 

            Las investigaciones fueron, siendo sincero, bastante mal. No nos llevábamos bien entre nosotros, y eso, al final, repercutía en el desarrollo de nuestro trabajo. Supongo, que todos queríamos ser la primera persona en descubrir algo importante, y pasar así, de ser unos científicos anónimos, a entrar en los libros de historia. También, he de decir en nuestro favor, que no contamos con mucho tiempo para estudiar estos artefactos. En la tercera semana, mientras manipulaba uno de estos dispositivos, se activó, proyectando unas ondas de radio tremendamente potentes. Al cabo de siete días, aparecieron los Orloks.

 

            Les llamamos así, por la semejanza con el personaje creado aparecido en la película de F. W. Murnau, Nosferatu, e interpretado por Max Schreck. Una raza humanoide, calva, con largos y desproporcionados brazos, y con los característicos dos colmillos en la parte superior de su dentadura, solo les faltaba disponer de unas pobladas cejas y vestir sobriamente para semejarse por completo, al vampiro. Aunque, en honor a la verdad, no se alimentan de sangre humana, al menos, que sepamos. De hecho, desconocemos su alimentación. Sobre lo que no hay duda, es de que es una especie inteligente, algo obvio, ya que dominan el viaje interestelar, no como nosotros, que estamos limitados a una pequeña parte de nuestro sistema solar.

 

            Una gran nave en forma de puro apareció en los cielos de Nueva York, justo encima de la sede de la ONU. Minutos más tarde, gracias a una pequeña nave lanzadera, se presentó una pequeña comitiva compuesta por cuatro de estos seres. El revuelo que se formó, fue excepcional. De inmediato, se improvisó un grupo diplomático que nos representase a los humanos. Las televisiones de todo el planeta conectaron en directo, para el momento en que, por primera vez en la historia, iniciáramos un contacto con otros seres inteligentes, venidos de otra parte del universo. La doctora Anne de Rohs, una de las diplomáticas seleccionadas para el apresurado encuentro, era especialista en lingüística. Fue la encargada en hablar con estos seres, y mediante gestos, hacerles pasar al interior del edificio.

 

 

            En cuanto llegaron a una pequeña sala de conferencias, abarrotada de medios de comunicación, la doctora Rohs, comenzó su discurso de bienvenida. Otra muestra de la inteligencia de estos seres extraterrestres, es la habilidad comunicativa de la que hicieron gala, interrumpiendo la alocución de la doctora, y expresando en un perfecto inglés, los motivos de su visita: necesitaban mano de obra para trabajos en su planeta de origen. Así, sin más, sin nada a cambio. La humanidad tenía veinticuatro horas para rendirse y, ofrecerles un millón de seres humanos, al menos, para empezar. De lo contrario, empezarían arrasando nuestras colonias en Marte y en la Luna, para, después, llevar la guerra hasta la Tierra. El mutismo que se produjo a continuación fue sobrecogedor. Hasta que un miembro del séquito terrestre, coronel del ejército norteamericano, rompió aquel silencio con un estruendoso disparo, en la cabeza del extraterrestre que hacía unos segundos, nos había lanzado aquel ultimátum.

 

            Al cabo de unos días, una gran flota arribó a nuestro sistema. Lógicamente, cumplieron sus amenazas. La humanidad había vuelto a la cuna de la civilización, otra vez, estábamos constreñidos a nuestro planeta, ya que perdimos todas las colonias. Debo decir, que solo mataron a una pequeña minoría, la justa para hacerse con el control. Después nos llevaron presos a sus naves. Desconozco cuanto tiempo hace de estos hechos. Estoy solo en esta celda, y no sé qué ha sido de mis congéneres. Supongo, que sigo de viaje con destino a la esclavitud.

 

            Algo ha sucedido. Las luces que yo creía sempiternas, se apagaron. Al cabo de un rato, la celda se iluminó en rojo. Debe ser el color universal de algo que no va bien. La puerta de la celda, se abrió.

            —Humano, debes acompañarme, —el Orlok tomó mi muñeca, y me puso una especie de esposas de energía, y rodeó la suya en el otro extremo— la nave va a estrellarse.

            —¿Y si me niego?— Todavía conservaba algo de orgullo.

            —Entonces morirás sin remedio—. Contestó.

            —De acuerdo. ¿A dónde vamos?

            El Orlok me arrastró sin dar más explicaciones, y salimos a un corredor oscuro, donde por lo poco que pude ver, el caos imperaba. Humanos libres de sus celdas corrían sin un destino concreto. Algunos Orloks trataban de detenerlos, y otros simplemente huían hacia el extremo del corredor. Nosotros fuimos en esa dirección. Cuando abandonamos la zona de las celdas, me dejé llevar hacia una zona atestada de estos alienígenas, que, de igual modo, llevaban a otros compatriotas terrestres. A empujones y de malas maneras, mi captor consiguió llegar hasta la primera fila. Entró en una pequeña estancia y tiró de mí con tal violencia, que casi me arranca el brazo. Al instante, pulsó un botón y se cerró el compartimento. Nos sentamos y del techo descendió una especie de red que nos apretó contra los asientos, impidiendo nuestro movimiento. Al cabo de un segundo, noté unas fuertes vibraciones. ¡Estábamos en una cápsula de escape!

 

 

            Nos estrellamos en la superficie de un planeta al cabo de unas horas de viaje. Afortunadamente, la red fue suficiente protección para el impacto. Salimos al exterior, y el Orlok, que hasta ahora se había mostrado sereno, se puso a emitir unos extraños gimoteos. Consultaba un panel incrustado en la manga de la armadura.

            —¿Qué ocurre?— Pregunté.

            —No sé qué planeta es este. Es desconocido para mí.

            —Pero... ¿Cómo es posible?

            —Hubo una explosión a bordo, desconozco el motivo o la causa. Andando —y dio un fuerte tirón que me impulsó a ponerme en marcha.

 

            Caminamos sobre un manto de vegetación de color rojizo, de una textura similar al algodón. Las gotas de rocío mojaban levemente mis pies, ofreciéndome una sensación de frescor al caminar. Olía a una mezcla de ozono y pino, algo curioso, ya que no se divisaba árbol alguno. El paisaje extraterrestre se encontraba en penumbra, pues se divisaba un sol en retirada, casi en la línea del horizonte. A unos pocos kilómetros, la planicie se interrumpía drásticamente por culpa de una cadena montañosa. La montaña más cercana, tenía unas escarpadas laderas, de ascenso muy complicado. Por suerte, en la parte inferior encontramos unas cuevas. Nos adentramos en una de ellas, y el Orlok iluminó el interior gracias a un dispositivo de su traje. Era muy pequeña, aunque para resguardarnos los dos, había espacio más que de sobras. Las paredes estaban decoradas con una especie de glifos, en una gama de colores terrosos. Eso nos indicó que en algún momento había estado ocupada.

            —¿Puedes quitarme esto? —Dije señalando las esposas de energía—. No voy a escapar, aquí no parece que haya a dónde ir, ¿no crees?

            El Orlok asintió con la cabeza, después de observarme por un largo tiempo, como estudiando la situación. Me rasgué la camiseta para obtener una tira de tela, con la que envolví mi muñeca adolorida. Como me sentía terriblemente cansado, me estiré como pude en el duro suelo de roca, y me dormí.

 

            Me desperté con un sobresalto, al notar la apestosa mano del Orlok tapándome la boca.

            —No hagas ruido —susurró.

            —¿Pero qué diablos...?

            Varias figuras no muy estilizadas aparecieron en la entrada de la cueva. Se acercaron directamente hacia nosotros, y el Orlok abrió fuego con su arma. Los proyectiles impactaron directamente en el torso del ser que estaba más cerca de nosotros, pero no le ocasionaron herida alguna. Eran seres de gran altura y de complexión fuerte. Eran bípedos y de aspecto humanoide, pues disponían de dos largas piernas y de dos fuertes brazos, terminados en unas manos de siete dedos. Despedían un fuerte olor animal, ocre y sucio. Estaban completamente cubiertos de un pelo grueso, negro a franjas anaranjadas. De un manotazo desarmaron al Orlok y, utilizando unas rudimentarias cuerdas, nos hicieron prisioneros.

 

 

            Nos obligaron a marchar durante toda la mañana, sin permitirnos descansar. A primera hora de la tarde, arribamos a un bosque. Caminamos durante un par de horas, hasta que llegamos a un poblado. De la parte trasera de la villa, nos llegaba un rumor de agua. Estaba sediento, y hubiese dado la mitad de los años que me restaban de vida, por beberme un buen vaso. Nos metieron en una jaula hecha de gruesos troncos, y afortunadamente, nos dieron de beber. Una especie de vaso de arcilla, contenía un líquido turbio, pero que no dudé y lo bebí con avidez. El Orlok, accionó un dispositivo del traje, de la parte pectoral derecha, salió un fino láser de color azul, con el que trató de cortar los troncos, en un fútil intento de escapar del cautiverio. Uno de estos seres se apercibió de las intenciones y entró rápidamente en la jaula y con un fuerte tirón, arrancó la armadura de combate, dejando a mi ex captor completamente desnudo. Lanzó la armadura fuera, y nos dio un manotazo a cada uno, dejándonos algo aturdidos en el suelo de la prisión. 

 

            Al día siguiente, una suave brisa refrescaba el ambiente del día que recién se iniciaba. Del centro del poblado, una columna de humo negro ascendía hacia el cielo, y perfumaba el aire con el olor a madera. Me hizo recordar mi niñez, en las cálidas noches de invierno, sentando enfrente de la chimenea, leyendo cómics de aventuras. Mi compañero de cautiverio, despertó de mal humor, y no tenía muchas ganas de conversación. Pero había algo que me reconcomía en mi interior, y necesitaba poner algo de luz en esa cuestión.

            —Necesito saber una cosa —le miré fijamente, tratando de no mostrar la repulsión que me producía su cara—. ¿Por qué me salvaste? En medio del caos que reinaba en la nave, pude ver, además, como algunos de los tuyos salvaban a mis congéneres, al igual que hiciste tú. ¿Por qué salvar antes a un humano, que a uno de vosotros?

            —Déjame en paz —se dio la vuelta y se sumió en un mutismo durante gran parte del día.

 

            En la tarde, unas oscuras nubes aparecieron por el oeste, y poco a poco avanzaban hacia nuestra posición. Con ellas llegó un viento húmedo, que provocaba pequeños remolinos de arena en la plaza. Había cierta agitación en el poblado. Por todas partes corrían estos peludos y grandes seres, portando grandes lonas de piel. Desde la celda, observé que levantaban una rudimentaria carpa, utilizando largos postes a los que previamente habían unido los toldos. Supuse que estaban siendo previsores, por si las nubes finalmente descargaban lluvia. Esperaba que al menos una de las lonas fuese para tapar la jaula, pues como se pusiera a llover, quedaríamos completamente empapados. Pero no fue así, a estos primitivos seres, les daba completamente igual nuestra situación. No nos dieron nada de comer, y cuando empezó a anochecer, nos acercaron un cubo con aquella agua mugrienta. No me lo pensé y me puse a saciar mi sed. El Orlok continuaba sin hablar, sentado con la espalda apoyada en los barrotes de la parte trasera de la jaula.

            —Bebe un poco, —le acerqué un pequeño cuenco con agua— te sentará bien.

            De mala gana, el extraterrestre aceptó el ofrecimiento.

            —¿Qué crees que nos ocurrirá? —Preguntó.

            —No lo sé, aunque dudo que nos dejen libres, al menos por el momento.

            —No puedo comunicarme con ellos, y eso me hace sentir... fracasado, como diríais los humanos.

            —No he visto que conversen entre ellos.

            —Por eso, son tan primitivos, que aún no tienen un lenguaje. Su comunicación es a base de gruñidos.

            —Tengamos paciencia. Puede que, más adelante, tengamos alguna oportunidad de escapar —comenté.

            Esas fueron las últimas palabras que crucé con el Orlok antes de echarme a dormir.

 

            Al día siguiente, el día amaneció con un cielo sucio y gris. Al menos el viento había cesado, y por fortuna, finalmente no llovió. De nuevo hubo agitación en el poblado. Retiraron la improvisada carpa, permitiendo que el humo retornase a su forma habitual de columna. El aire estaba impregnado con la fragancia de la madera quemada. Mi compañero de celda no tardó en despertar. Supongo que el cautiverio favorece el insomnio. Estaba muy nervioso, pues estaba sudando. Todo él estaba cubierto por una pátina de color naranja brillante, y despedía un olor realmente apestoso. Debía ser la última hora de la mañana, cuando en la puerta aparecieron cuatro de estos seres. Abrieron y nos ataron de pies y manos. Una cuerda ceñida al cuello, servía para hacernos avanzar. Caminamos entre chozas y lo que parecían pequeños almacenes, y llegamos al centro del poblado. El Orlok se dio la vuelta e inútilmente trató de echar a correr. El gran peludo se limitó a dar un fuerte tirón de la cuerda, y mi compañero cayó estrepitosamente de espadas. Yo todavía estaba demasiado impactado como para hacer algo. En el centro de la plaza, había dos braseros enormes, y por fin, quedaron despejadas las intenciones de estos primarios humanoides. Nos ataron a un poste y nos pusieron encima de estos hornillos.

            De inmediato, empecé a sentir como el calor me iba abrasando la espalda. Me giré para observar la cara de horror del Orlok.

            —¡Eh! —Le grité para llamar su atención—. Ahora que nuestro destino está fijado, y además, lo vamos a compartir, contéstame: ¿Por qué me salvaste en la nave? Alguna razón habría para que salvaseis a humanos en vez de a los de vuestra especie.

            —Despensa.

            —¿Cómo dices? —No entendí muy bien.

            —Comida. Eras mi despensa.

            —Pero...

            —Nosotros no necesitamos mano de obra. Lo único que escasea en nuestro planeta, es la comida: sois nuestro alimento.

            Dicho esto, empezó a gritar de forma horrible, pues las brasas ya le estaban quemando la espalda. Al escuchar los alaridos, uno de los primitivos se acercó a él, y con un rudimentario garrote, le golpeó fuertemente en la cabeza. Desconozco si lo mató, o si solo le dejó sin sentido. Sea como fuere, al cabo de poco tiempo, fui yo el que empezó a quemarse. Noté que mis ligaduras me permitían cierto movimiento. Miré a mi alrededor, y nadie me prestaba atención. Así, que comprobé hasta donde podía moverme, conteniendo el dolor palpitante de la espalda. Agarré el poste horizontal con las manos, y con un brusco movimiento rotando todo mi cuerpo, conseguí sacarlo de los palos que lo sostenían, cayendo de lado en las brasas. No solo me quemé al instante, también las cuerdas ardieron y me permitieron liberarme. Eché a correr como jamás lo había hecho, sin prestar atención alguna al dolor de las plantas de los pies, que estaban llenos de ampollas, al igual que buena parte de mi costado derecho. Ya tendría tiempo de curarlas, si conseguía salir con vida. Me faltaban cincuenta metros para salir del poblado y adentrarme en el bosque, cuando escuché una algarabía de gruñidos detrás de mí. No me giré y seguí corriendo tratando de poner la mayor distancia posible entre mis perseguidores. Estaba a punto de llegar al bosque cuando apareció en el cielo una lanzadera Orlok. De inmediato se pusieron a disparar contra los seres primitivos, que no tuvieron ninguna oportunidad. Fue una auténtica carnicería. Una vez despejaron el campamento, la lanzadera se posó con suavidad, levantando una leve polvareda. Supuse que la armadura de combate tenía algún tipo de localizador.

 

 

            En décimas de segundo debía tomar una decisión: huir adentrándome en el bosque, sin saber si sería capaz de sobrevivir en este mundo alienígena, o someterme de nuevo al cautiverio, sabiendo cuál sería el destino que me esperaba, y no era otro que el mismo del cual acababa de escapar. Varios Orloks saltaban ya a tierra, con sus armas preparadas. Me di la vuelta y en el momento en el que eché a correr, sentí un fuerte latigazo en mi maltratada espalda, que me hizo caer de bruces. Traté de levantarme, pero mi cuerpo no respondía a las órdenes que le enviaba mi cerebro. Un Orlok me levantó y desconectó el lazo paralizante, con el que había frustrado mi escapada. Me puso unas esposas de energía, y mientras que un compañero suyo, rescataba el cadáver de mi camarada de confinamiento, me subió a la lanzadera.

 

            He perdido algo más que la noción del tiempo. Me he negado a comer nada, y debo haber bajado más de quince kilos. Si van a darse un banquete conmigo, espero que, para entonces, solo sea piel y huesos. 



                                                                    FIN





            La comida sirve para suministrar la energía necesaria a las células del cuerpo y ejercer las funciones de materia prima para el crecimiento, la restauración y el mantenimiento de los tejidos y órganos vitales. Y así será para cualquier tipo de vida que podamos encontrar fuera de nuestro planeta. Será curioso saber, qué es lo que comen otros seres no terrestres. De hecho, estoy seguro de que, para los científicos, será una de sus prioridades. ¿Se alimentarán de hidrocarburos? ¿De otros seres? ¿O tal vez de gases? En 2004, National Geographic entrevistó al físico Stephen Hawking, el cual dijo que un posible contacto con alienígenas "sería un desastre". ¿Y si nos viesen como comida?

 

sábado, 1 de octubre de 2022

Los Visitantes

       

            "Los Visitantes" es mi primera novela corta, autopublicada. Son casi doscientas páginas escritas en el año 2022, aunque en realidad, son los sueños despiertos que, parten en mi infancia, a finales de los 70, y terminan en la actualidad. Esta novela, sigue claramente la estructura de El camino del héroe Monomito, de Joseph Campbell, porque es un armazón, que, al menos a mí, me funciona, y no solo a la hora de escribir, también cuando en la noche, previo a caer dormido, imagino aventuras. Llevo más de cuarenta años haciéndolo, y creo, que hasta el fin de mis días, seguiré así. 

 

        En esta novela, la protagonista, explora y ve mundos, por primera vez, para un ser humano. Eso es, en parte, porque siempre me han apasionado aquellos grandes viajeros que, se jugaban la vida (perdiéndola en muchos casos), con tal de ir más allá de los límites conocidos, explorando selvas, las grandes zonas polares, o navegando por los mares de nuestro planeta, sin saber muy bien a dónde les llevarían los vientos. Esa sensación de ser la primera persona en ver algo nuevo, en descubrir algo que nunca antes unos ojos humanos hubiesen contemplado, me parece algo fantástico, y era algo que he tratado de plasmar (con mayor o menor acierto, eso lo decidirá la persona lectora). En esta historia, a la protagonista, Kreia le encargarán una peligrosa misión que podría poner fin a una guerra milenaria entre dos grandes supercivilizaciones extraterrestres. Sin embargo, es un cometido que la supera: ella es un simple ser humano, anónimo y sin ninguna característica especial, o eso cree. Es una novela de ciencia ficción y aventuras. La ciencia ficción es, para mí, "el género" por excelencia. He escrito relatos que no son de este género, pero sin duda, escribir Ciencia Ficción es lo que más me gusta. Con once años coleccioné los fascículos de Fantaciencia, y, a pesar de que no los leía enteramente, las maravillosas ilustraciones que llenaban sus páginas, me hacían volar la imaginación. Astronaves, robots, mundos imaginarios... deseaba que ese fuera el futuro en el que me tocase vivir. Y ha sido así, aunque solo dentro de mi cabeza, hasta que me he decidido compartirlo, con quién tenga las ganas y la paciencia de leerme. 

 

        Escribir esta novela ha sido como hacer un cóctel de mí mismo. Una parte de ingenuidad, una de negativismo, dos de valores personales, y un chorrito de esperanza. Tal vez sea una mezcla un poco rara, aunque el resultado, creo que no está del todo mal. Es de fácil lectura, ya que, la escribí pensando en que la persona lectora, no tuviese la lectura como un hábito diario, o por lo menos, que no estuviese habituada a leer ciencia ficción. 

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