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martes, 1 de noviembre de 2022

EL Devorador de secretos (Relato)






     

   
Lentamente, Silvia Aramburu se despierta. Abre sus grandes ojos verdes, aunque no es capaz de ver nada. Sus blancas manos de porcelana, acarician la superficie de un colchón, y siente que el tejido es áspero al tacto. Además, la tela tiene grandes agujeros. Sigue palpando a su alrededor hasta sentir unas frías baldosas. «¿Dónde estoy?» Piensa. Se sienta e inconscientemente acaricia un mechón de su rubia cabellera. Tras un encogimiento de su corazón, rápidamente se palpa su entrepierna: sigue vestida con sus pantalones cortos ajustados. Luego comprueba que el sujetador siga en su sitio. Suspira aliviada, pues todo parece normal, excepto por haber despertado en una habitación oscura, sin saber dónde se encuentra. Rebusca en su memoria para hallar en ella su último recuerdo. Había acabado su turno en la discoteca Priveé, donde trabaja como bailarina y después de ducharse y cambiarse, salió por la puerta trasera en dirección al parking. No recordaba nada más. Revisa los bolsillos del pantalón, buscando el tabaco y el mechero. No encuentra nada, lo que quiere decir, que quien la haya traído aquí, se lo ha quitado. Se levanta en su metro ochenta de estatura y sus manos hacen de ojos en la oscuridad. Va dando pequeños pasos hacia delante. Al cabo de seis pasos, sus dedos tocan una pared. Sigue recorriendo el perímetro, hasta que sus manos acarician una forma conocida: es el pomo de una puerta. Está convencida de que estará cerrada. Lo gira lentamente y oye un nítido “clic”. Está abierta. Desde el quicio de la puerta, observa una luz titilar, que proviene de la habitación de enfrente.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —Grita, hacia la claridad.


        «¿Qué ha sido eso? ¿Era una voz femenina? ¿Lo habré soñado?» Fabián Torres no está seguro. Abre los ojos e inmediatamente sabe que algo no va bien. No sabe dónde se encuentra. Se incorpora y casi se cae al sobrevenirle un mareo. —Mierda —masculla. Seguro que le debían haber drogado. Respira profundamente varias veces, exhalando lentamente. Se lleva la mano a la cintura y suelta un improperio. Le falta la cartuchera con la pistola, y por lo que nota, también la placa y la cartera. Ayer, cuando terminó la vigilancia del narcotraficante al que estaban siguiendo, fue a cenar a una pizzería cercana a su casa. No tomó vino, solo agua y café descafeinado después del postre. Lo recuerda muy bien, pero supone que, al salir en dirección a su casa, debió desmayarse. Alarga los brazos y a tientas empieza a caminar, con cuidado de no tropezar con algún obstáculo. Al cabo de unos pocos pasos, encuentra una pared y sigue su contorno. No tarda en dar con una puerta. Abre con decisión, y la cruza. Enfrente, hay una mujer que se gira asustada al escuchar el ruido a su espalda. No puede ver sus rasgos, ya que permanece en penumbra debido a que la única luz, proviene de la estancia que ahora está detrás de ella.
—No se asuste, soy policía. ¿Se encuentra usted bien?
—No sé qué hago aquí… ni tampoco cómo he llegado.
—Yo tampoco, —contesta Fabián— pero vamos a averiguarlo.
Sin más dilación, apartó suavemente a la mujer y entró en la sala de la que provenía la única luz.




        La habitación no es muy grande y no hay nada más que una mesa ovalada y dos sillas, puestas a cada lado. Encima, una vela grande y ancha alumbra la estancia y hace brillar un teléfono rojo, antiguo, de aquellos que se marcaba haciendo girar un disco con un dedo. El aparato está conectado a un pequeño altavoz que se encuentra a su lado. Fabián coge el auricular y tras comprobar que no hay línea, lo vuelve a colocar en su lugar. Toma la vela con una mano, y sigue el cable telefónico, el cual le lleva hasta una pequeña caja de conexión, en un extremo de la habitación. Sigue revisando las paredes y al terminar, sale en silencio hacia el cuarto dónde ha despertado minutos antes. Ve que, a un lado, hay otra habitación, supone que será donde ha despertado la mujer. Ella le sigue, pues no desea quedarse a oscuras. Examina las dos habitaciones sin encontrar nada destacable. En cada una solo hay un colchón viejo y un par de cubos, para hacer las necesidades. Nada más. No es capaz de encontrar una puerta o una abertura, que permita poner fin a su cautiverio. Porque está muy claro, son prisioneros. Regresan al comedor, y se sientan a la mesa. Entonces, un sonido estridente y molesto les sobresalta: el teléfono está sonando.


—Hola Fabián. Sabía que serías tú quién respondería la llamada.
—¿Quién coño eres? ¿Y por qué estamos aquí?
—Esa no es la pregunta correcta. Por favor, conecta el altavoz.
—Déjate de mierdas. Contesta, ¿quién eres y por qué estamos aquí?
—Deberíais preguntaros, ¿cómo saldréis de ahí? Y es bien sencillo. Cada uno de vosotros me contará un secreto. Pero no será un secreto cualquiera, sino aquel que jamás le confesaríais a nadie. Ese oscuro secreto que guardáis detrás de vuestro corazón, y al que la luz de la verdad nunca logra iluminar. Ese secreto es el que deseo. Recordad que el tiempo apremia, puesto que sin comer ni beber, tendréis de tres a cinco días como máximo para salir o de lo contrario, moriréis.
—¿Quién coño eres? ¿De qué vas? —Gritó el policía, perdiendo los nervios.
—Soy el Devorador de Secretos. —Hubo una larga pausa, antes de que la voz al teléfono, volviera a hablar—. Cuando alguno de los dos, esté dispuesto a alimentarme, solo deberá marcar el número seis.
Al cabo de un segundo, se cortó la llamada, quedando la línea en silencio.




—Yo no tengo secretos. —Silvia Aramburu se acaricia las sienes, pues nota un incipiente dolor de cabeza. —Al menos, nada que sea importante —añade.
—En mi caso, tengo muchos secretos, pero son de carácter profesional. Siendo policía, sé cosas de mucha gente, pero la información que manejamos es confidencial, no podemos difundirla.
—No lo entiendo. ¿Por qué yo? Soy una simple chica que se gana la vida bailando, para tratar de pagar el alquiler y llegar a fin de mes. Poco más. Ni siquiera soy una persona dada a las fiestas y al desmadre. Mi trabajo es bailar, pero regreso a casa en cuanto termino el turno.
—No lo sé, es todo muy extraño. Yo estoy trabajando en un caso de narcotráfico, pero esto no parece que tenga nada que ver. Una bailarina y un policía… hacemos una extraña pareja —reflexiona.
El policía cierra los ojos para tratar de concentrarse y pensar con claridad. Al cabo de un rato, no consigue establecer una relación entre la bailarina y él. Hasta hoy, no la había visto nunca ni sabía de ella. Es muy guapa y atractiva, por lo que está seguro de que la recordaría. La voz de la mujer, le obliga a levantar la mirada.
—Busquemos otra vez la salida, por fuerza debe haber una.
Ella ilumina la estancia, mientras Fabián Torres escudriña lentamente cada rincón. Va haciendo sonar con los nudillos las paredes y más tarde el suelo. Nada suena a hueco, todos los golpes le devuelven un rumor sordo, que no hace más que confirmar, la solidez de los muros y del suelo. Decide probar más suerte con el techo. Utiliza una de las dos sillas para encaramarse y tantear el artesonado, obteniendo el mismo resultado.
—Probemos en el pasillo. —Propone ella.
Empleando el mismo procedimiento, el policía explora centímetro a centímetro, el corto pasillo.
—Nada, todo es sólido. —Torres comienza a sentir como la desesperación se abre paso en su interior, aunque todavía quedan las dos habitaciones por inspeccionar—. Sigamos.


        Les llevó bastante tiempo, y el resultado no pudo ser peor. No encontraron el más mínimo indicio, de una puerta o de una trampilla. Seguían sin saber, cómo habían llegado allí.




        Pasaban las horas insidiosas. Los cautivos tenían hambre, aunque lo que peor llevaban, era, sin duda, la sed. La sequedad de la garganta empezaba a producirles un ligero escozor. El ánimo cayó en picado como un ave de presa sobre una víctima desprevenida.
—Sincerémonos entre nosotros. —Propuso Fabián.
—¿Y qué quieres qué te diga? —Contestó ella con voz ronca—. Ya dije que no tengo secretos y es verdad. He cometido alguna infidelidad, nada del otro mundo. Incluso una vez fue con un hombre casado. Pero él terminó la aventura, y yo lo acepté de buen grado. Así son las cosas. ¿Y qué hay de ti?
—Nada excepcional. He tomado algunas drogas, pero poco más. De vez en cuando, después de decomisar un buen alijo, cojo un poquito para mí, apenas unos gramos, nada que sea desorbitado o excesivamente llamativo. Y tampoco lo hago siempre, solo de forma esporádica. Dudo mucho, que pueda ser el motivo para tenerme aquí encerrado.
Silvia Aramburu lo mira con atención. No le cree. Está segura de que algo esconde el policía. ¿Y si tiene que ver con el caso de narcotráfico en el que estaba trabajando? No, no puede ser. Ella no tiene ninguna relación con el mundo de las drogas, pues las detesta. No puede pensar con claridad por culpa del dolor de cabeza, que poco a poco, se abrió paso con el lento discurrir del tiempo.
—¿Te importa quedarte un momento a oscuras? —Le pregunta—. Necesito ir al baño.
—No, por supuesto. Adelante, llévate la vela.
Sale del comedor y entra en “su” habitación. Considerar ese agujero como si fuese suyo, le ha clavado un puñal de angustia en el corazón. «Respira hondo», se dice a sí misma, al quedarse mirando los dos cubos situados en un rincón. Deja la vela en el suelo, se baja los pantalones y las braguitas. Se muere de ganas de orinar, pero allí, necesita concentrarse para hacerlo, ignorando por completo, que un par de ojos la están observando, complaciéndose de lo que ven.




—Me encuentro cansada y me duele bastante la cabeza. Solo quiero cerrar los ojos y dormir. —Dice nada más regresar al pequeño comedor.
—Yo también me siento algo fatigado. Durmamos un poco, tal vez más tarde, tengamos la cabeza más despejada, y podamos pensar con más claridad.
—¿Te importa si compartimos la habitación? No quiero estar a solas en ese cuchitril.
—No, por supuesto. Voy a traer mi colchón.
—Por favor, también la vela.
Fabián asintió y después de acompañar a Silvia hasta su colchón, se ayudó de la vela para ir por el suyo. Lo colocó junto al de ella y dejó la vela en un rincón de la pared opuesta, lejos de los jergones, para evitar cualquier tipo de accidente con la llama. Se estiró a su lado. Giró el cuello, y la miró. Parecía dormida, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Veía su pecho ascender y descender a un ritmo acompasado. Se dio la vuelta y pensó en su situación. Estaba en un serio aprieto y debía averiguar cómo salir de ahí. Aunque sería más tarde, después de haber descansado un poco.






        Silvia abre los ojos. Se siente algo mejor, pues el dolor de cabeza ha desaparecido. Sin embargo, tiene la garganta completamente seca. Aunque tiene hambre, no es de comer mucho, así que, de momento, la falta de alimento la lleva bastante bien. Se da la vuelta, y observa a Fabián, que la está mirando fijamente con sus ojos grises, y siente un escalofrío. No sabe el porqué, pero no le gusta como la mira, pues la hace sentir incómoda. Le pica la garganta y tiene los labios terriblemente cortados y secos.
—Buenos días, por decir algo.
—Si es que realmente es de día.
—Debe ser de día, aunque es imposible adivinar la hora. Pero debe ser por la mañana, de eso estoy seguro.
—¿Qué vamos a hacer?
—No lo sé. —Fabián se le acerca un poco más y le susurra al oído: He pensado en inventarme un secreto. Puede que se lo crea. Hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que salga bien. O mal, claro está.
—¿Y si descubre que es una mentira?
—¿Qué puede ser peor que morir de sed y de hambre? No hay mucho que perder, ¿no crees?
—Tal vez tengas razón. Si alguno de los dos consigue engañarlo y sale de aquí, podría buscar ayuda.
—Yo también puedo inventarme algo y probar suerte.
—La mentira debe ser creíble, y debe ser un hecho que se salga de lo corriente. Confesaré un asesinato. Diré que fue a sangre fría, y que después, lo hice pasar por defensa propia. Debe ser algo relacionado con mi trabajo, por supuesto. De lo contrario, es posible que no se lo trague.
—¿Y yo? Es imposible que pueda plantear algo así.
—¿Un aborto, tal vez? —Sugiere Fabián.
Silvia se levanta y le da la espalda. Algo se ha roto dentro de ella. Empieza a caminar, tratando de desentumecer las piernas.
—Podría ser —responde—. La pregunta es: ¿Será lo suficiente oscuro para él?




        Sentados frente al teléfono, Silvia se muerde las uñas inconscientemente. Fabián se muestra sereno. Ambas miradas se encuentran y se hablan sin decir nada. Un cincuenta por ciento. O sale bien, o sale mal. Con energía, levanta el auricular y conecta el altavoz. Introduce el dedo índice de la mano derecha en el número seis de la rueda de marcación, y la gira con determinación. Al cabo de un segundo, se oye un chasquido, que confirma que el interlocutor, que se encuentra al otro lado, ha descolgado el aparato.
—Le explicaré mi gran secreto. —Fabián confía en que todo salga bien, aunque su voz interior, le dice que las cosas nunca suelen ser tan sencillas.
—Bien, soy todo oídos. —El tono de la voz del desconocido, es jovial. Parece estar disfrutando con esto.
—Hace dos años, en el transcurso de una intervención, disparé contra un sospechoso. Estaba desarmado y se arrodilló con las manos detrás de la cabeza. En una mesa situada cerca de él, vi una pistola. No sé por qué lo hice, pero en vez de esposarlo, lo maté a sangre fría, de un tiro en la frente. Fue un impulso. Todavía a día de hoy, sigo sin entender cómo pude reaccionar así. Después le puse la pistola en una mano y declaré que disparé en defensa propia. Todos me creyeron. Incluso fui condecorado por ello. Jamás se lo he contado a nadie.
Después de la confesión, se hizo el silencio. Al cabo de varios minutos, el Devorador de Secretos, volvió a hablar.
—Buen intento. Lo único que has conseguido, es perder tiempo, y eso solo te acerca más a la muerte. Si no me alimentáis con vuestro secreto más oscuro, moriréis. El tiempo es vida. No lo olvidéis.
La llamada terminó. Ahora, ese cincuenta por ciento, se había reducido a cero.




        Las horas pasaban inciertas y borrosas. Fabián tuvo episodios de cefaleas, aunque haciendo ejercicios de respiración consiguió que, estas fuesen remitiendo. Por su parte, Silvia ya había sufrido algún calambre en el estómago. La vela, que se había consumido en una cuarta parte, continuaba alumbrando penosamente la estancia. Ya tenían poco que decirse el uno a la otra. Por más que pensaban, no se creían poseedores de un secreto tan terrible que necesitase ser confesado. Fabián se mostraba apático y contemplaba absorto los movimientos de la llama. Silvia sintió ganas de orinar otra vez. Dudaba mucho de poder conseguirlo, pues llevaba demasiado tiempo sin beber, pero a pesar de todo, decidió intentarlo.
—Vuelvo a tener ganas de hacer pis. ¿Te importa que te deje unos minutos a oscuras?
Fabián Torres salió de su ensimismamiento y al cabo de unos segundos, contestó negativamente con la cabeza. Silvia le dio las gracias y le prometió no tardar.



            «Mierda, no voy a poder mear», pensó. Otro motivo más para sentirse abatida. Con las bragas y los pantalones cortos en los tobillos, en cuclillas sobre un cubo viejo y oxidado en una oscura habitación, Silvia Aramburu ignora que, a su espalda, una figura está observándola en la oscuridad. Al cabo de unos minutos, desiste por completo de aliviarse. Se pone de pie y cuando se agacha para subirse las braguitas, recibe un fuerte empujón que le hace caer bruscamente al suelo. Afortunadamente, las manos paran lo peor de la caída, aunque la muñeca derecha le duele terriblemente, pues está segura de que se habrá roto. Se da la vuelta, y a pesar de que la oscilante luz de la vela crea sombras y desfigura la imagen de su agresor, lo reconoce al instante: es Fabián. No es capaz de ver sus rasgos debido a que el rostro permanece en penumbra, pero advierte con horror que está desnudo de cintura para abajo, con el miembro en erección. Su cuerpo reacciona al miedo respondiendo con lo que, minutos antes, era incapaz de hacer, aflojando la vejiga y generando un pequeño charco en el frío suelo. Sus labios apenas se mueven cuando murmura: —No, otra vez no.


        Despertó casi satisfecho. Consiguió llegar al éxtasis a pesar de que ella se había desmayado. Sin duda, habría sido mucho más excitante que se hubiese mantenido consciente. El terror, los forcejeos y las lágrimas que se producían durante el acto, le excitaban mucho más. Pero, aun así, había disfrutado, tanto, que se había quedado dormido allí mismo, en el suelo, al cabo de unos segundos de acabar. Se levantó y la miró. Estaba prácticamente como la había dejado, con las piernas abiertas y los ojos cerrados. Con la vela en la mano, salió de la habitación. Se sentó a la mesa y dejo la vela cerca del teléfono. Meditó unos minutos, repasando mentalmente todo lo acontecido. Ya no tenía sentido guardar silencio. Silvia Aramburu entró silenciosamente en el comedor, y se sentó en la mesa, frente al policía. Tenía una mirada ausente, con los ojos abiertos y apenas pestañeaba. Sus lágrimas creaban surcos en la suciedad de la piel, como un río vadeando por una quebrada. Pero no emitía ningún sonido. Solo estaba ahí, presente pero ausente. Fabián tomó el auricular y después de conectar el altavoz, marcó el número seis. Al sexto tono, el Devorador de Secretos contestó la llamada.
—Soy un violador, —Fabián Torres confiesa, tratando de mostrarse sereno.
—Lo sé, tengo ojos en todas partes. Has violado a tu compañera de cautiverio.
—No sé qué me ha ocurrido, pero me he convertido en un abusador.
—Mi secreto, —Silvia interviene, sorprendiendo a Fabián— es que fui violada hace un par de años. —Dice con voz ronca.
Durante un minuto, el silencio se adueñó de la sala.
—No es suficiente. —Sentencia el Devorador de Secretos, finalizando la llamada y dejando la línea muda.
Nuevamente, Fabián Torres marca el número seis.
—¡Está bien! Te diré cuál es mi secreto más oscuro, pero, ¿cómo sabré que cumplirás tu palabra?
—Tendrás que fiarte de mí. Así son las cosas. Pero puedo aseguraros, que os indicaré la salida de esta pequeña mazmorra.
—Soy un violador… llevo años haciéndolo. He violado a decenas de mujeres. ¿Estás contento? Ahora ya lo sabes.
Del altavoz llegaron unos entusiastas aplausos.
—Bravo, Fabián. Al final, me has alimentado. Bien hecho. —El Devorador de Secretos no ocultaba su satisfacción y alegría—. Y bien, Silvia, ¿tú no te animas? Sin tu secreto no podréis dejar atrás este zulo, y volver a ser libres.
—No merezco salir, —responde, y mirando al policía, agrega: Y tú tampoco.
Las lágrimas vuelven a recorrer su rostro. La apatía la envuelve como una tela de araña. Está decidida a dejarse morir.
—¿Qué? ¡Eso no es justo! —Grita Torres, que se levanta y toma la silla para estamparla en la pared. Un estallido de dolor en la cabeza le hace perder el equilibrio, cayendo al suelo. Se siente sin fuerzas, cansado. Cierra los ojos, todo le da vueltas. Nota como la consciencia se aleja de él.




        Lentamente, el parpadeo inconsciente le permite entrever la cálida luz. Abre los ojos y ve unas piernas de mujer, detrás de las patas de una mesa. A su lado, una silla de madera está tumbada. Se desmayó. Fabián se levanta y se apoya en la mesa, tratando de enfocar la vista en Silvia.
—¡Díselo! ¡Díselo, maldita sea! —Grita con la voz rota, no tanto por la falta de líquido, sino por la angustia, que le atenaza el corazón.
—Jamás. —Las facciones de Silvia se muestran relajadas, serenas. La asunción y expiación de sus propios pecados mediante el sacrificio de la muerte, se le antoja un final apropiado para ella.
—¡Yo sí te di mi secreto! —Grita al aire Fabián, gimoteando—. ¡Esto es injusto!
Al cabo de unos minutos, el timbre del teléfono reverbera en la pequeña cárcel, sonando estridentemente alto. Ya que Silvia no reacciona, Fabián descuelga el aparato, conectando el altavoz.
—Vuestro tiempo ha acabado. Seré yo, pues, quién revele el amargo y oculto secreto de Silvia: eres una asesina —dice, dirigiéndose ella. Mataste a tu bebé recién nacido, ahogándolo en el río. —Fabián Torres no da crédito a lo que acaba de oír. Mira a Silvia, que se encuentra con los ojos abiertos, llorando en silencio, sumida en una especie de estado catatónico, sin mostrar emoción alguna—. Fabián, —continúa diciendo— he decidido ser clemente y piadoso contigo, ya que confesaste tu secreto más oscuro. Desconecta el altavoz, y te diré donde encontrar la salida.


        Fabián hizo lo que el Devorador de Secretos le pidió, llevándose momentos después el auricular a su oreja. Al cabo de un minuto, colgó el teléfono y salió del pequeño comedor, dejando allí a Silvia. Anduvo por el corto pasillo hasta la esquina oeste. Se escuchó un zumbido, y un sonido sordo. Palpó con las manos el suelo hasta dar con la abertura de una trampilla. Una escalerilla de mano hecha de barras de hierro, descendía en la oscuridad. Pasó un pie y después otro, y bajo tres peldaños. Según las instrucciones, en la parte de debajo de la trampilla, encontraría una linterna. Debía pues, cerrarla. Era pesada y él se encontraba bastante débil. Le costó moverla, pero sentir la forma tubular del mango de la linterna le hizo recobrar las fuerzas. En cuanto cerró la pequeña portezuela, de nuevo se escuchó un zumbido. Sin duda, era una cerradura electrónica que se accionaba remotamente. Desenganchó la linterna que estaba sujeta con cinta aislante y la encendió. Una luz amarillenta le permitió observar la trampilla. No podría volverla a abrir, pues el mecanismo se encontraba dentro de la misma. Bueno, le daba igual, al fin y al cabo, no iba a querer regresar allí jamás. Descendió con rapidez los dos metros y medio hasta llegar a un túnel horizontal, cuyo final no podía precisar debido a la poca luz que proporcionaba la linterna. Anduvo deprisa siguiendo el camino. Calculó que debía llevar unos doscientos metros recorridos, cuando la luz de la linterna se apagó de repente, quedándose a oscuras. De inmediato, le sobrevino una sensación claustrofóbica, y sintió un mareo. Golpeó con frenesí la punta de la linterna y esta volvió a funcionar. Continuó andando por el pasaje subterráneo que, al cabo de una decena de metros, giró hacia la derecha. Habría andado unos cincuenta pasos desde el recodo, cuando se topó con una enorme masa de hormigón que bloqueaba el corredor por completo.
—¡Hijo de puta! —Gritó con todas sus fuerzas.
Estaba atrapado en el túnel. Ya nada podía ir peor. Decidió dar la vuelta para tratar de examinar la trampilla con más detenimiento y en cuanto dio dos pasos la linterna se apagó, sumiéndole en la más profunda oscuridad.




        Caen las hojas en un otoño tardío, formando un manto verde y amarillo en los pasillos del cementerio. Ya no se oye el canto de los mirlos, que después del verano fue sustituido por el de los zorzales. Vestido con un traje negro, y mocasines del mismo color, Juan Almanegra camina con paso lento y acompasado. Lleva un ramo de flores frescas compuesto por media docena de rosas, combinadas con azucenas, narcisos y peonías, las favoritas de su hija. Se detiene frente a una tumba de granito negro y pone una mano en la lápida. Con cuidado, coloca el ramo encima.
—Ya está hecho, mi vida. Cuando viniste a visitarme al hospital tiempo después de lo sucedido y casualmente, reconociste a tu violador, deberías habérmelo contado. Tal vez podríamos haber luchado juntos. Sin embargo, saber que era un policía fue demasiado para ti. Tuviste que creerte desamparada, pues inculpar a todo un agente de la ley, ciertamente hubiese sido muy complicado y difícil. Pero lo podríamos haber intentado. En cambio, decidiste marcharte por tus propios medios, y no te lo reprocho. Fue duro encontrarte en la bañera, rodeada de rojo carmesí. Al menos, me consuela que me dejases una nota explicándome el porqué de tu partida. Así, he podido hacer justicia. Y, ¿sabes qué? También hice justicia con aquel bebé ahogado que vimos en las noticias, días antes de tu ausencia definitiva. Reconocí a aquella mujer a la que atendí en urgencias después de una violación, aunque en el centro comercial tenía mucho mejor aspecto. Vestía un vestido gris, y llevaba gafas de sol incluso dentro del recinto. Pero era ella e indudablemente estaba embarazada, a pesar de que por lo que pude apreciar, trataba de disimularlo, sin mucho éxito he de decir. Al cabo de tres o cuatro meses la volví a ver, esta vez nos cruzamos en los pasillos del hospital. No tenía buen aspecto. Lucía unas grandes ojeras, y había adelgazado muchísimo. Ni rastro del embarazo. Decidí comprobar su historial médico, y en ninguna parte aparecía un solo dato correspondiente a su embarazo. Eso solo podía deberse a un solo motivo: nunca dio parte de su estado ni parió en ningún centro hospitalario. Sumé dos y dos, y no me equivoqué. Pero ahora, ese bebé también descansa en paz. Te quiero hija. Pronto volveré a verte.






        Las primeras gotas de una tormenta caían aleatoriamente por doquier, dejando pequeños círculos húmedos sobre los pétalos de las flores, sobre el duro granito y sobre las hojas caducas del camino. Juan Almanegra camina a paso lento, ignorándolas. El Devorador de Secretos se ha alimentado. Seguramente, dentro de un tiempo, vuelva a tener hambre.


                                                             FIN




            Este relato está bastante alejado de lo que suelo hacer. Sin embargo, escribir algo así de oscuro es, hasta cierto punto, catártico. Todas las personas tienen secretos. Nadie es tan transparente ni tiene la necesidad de no albergar alguno. No hace falta que estos sean oscuros y siniestros, ni tampoco fruto de una mala experiencia. A veces son pequeñas cosas que no revisten de la menor importancia. Aun así, los seres humanos necesitamos tener siempre un poco de privacidad, o no seríamos las mismas personas. La autojustificación de Almanegra expresa, en cierto modo, ese sentir patriarcal, ese juicio que cualquier persona emite sin conocer ni profundizar en los porqués de ciertos actos, que son, desde luego, horrendos. Creo que, en ciertos casos, la sociedad debería abrir caminos, puertas y ventanas para aquellas personas con unas necesidades realmente especiales. Sin embargo, no es así, y más tarde vemos en las noticias, actos que nos parecen de pura crueldad, pero que detrás de ellos, no hay nada más que desesperación y sufrimiento.

         Siento debilidad por aquellas narraciones que no terminan bien. Los finales que acaban bien, me gustan para una historia romántica, de aventuras o incluso, para una de superación personal (aunque una historia de superación personal con un final terrible, no es para nada una mala idea). Las historias están para producirnos emociones, igual que la poesía. Leer una novela o un relato, y que el final te deje “mal cuerpo”, siempre será mejor que un final excesivamente tópico de final feliz. Con seguridad, la persona lectora lo recordará mucho más tiempo.

jueves, 6 de octubre de 2022

La casa invisible (Relato)

            



            Hace muchos, muchos años, tuve la mala costumbre de querer resguardarme bajo un techo propio. Todas mis amistades así vivían, y yo era el único que, al parecer, no sentaba la cabeza, aunque después del paso del tiempo y sobre todo, de los acontecimientos, creo sinceramente que, en realidad, era el único que aún gozaba algo de libertad.

 

       Tuve que volar y dejar atrás el nido, porque en ocasiones, si uno abusa demasiado de las circunstancias, un polluelo puede transformarse en un parásito y no en un ave de provecho. Yo quise ser halcón y no un cuco, así que dirigí mi vuelo hacia una oficina de bienes raíces; pero no una cualquiera, esta debía llamarme la atención por algún detalle especial, tenía que guiarme por el radar invisible de la intuición. Y después de mucho vuelo, aterricé en una que ya nunca olvidaré.

 

        Era una oficina pequeñita, encajonada entre dos grandes y anodinos edificios. Para poder entrar, tenías que subir cuatro pequeños escalones flanqueados por enormes jardineras, con unas maravillosas hortensias en flor a pesar de estar a principios de mayo. Regentaba la oficina una mujer alta, generosa en curvas, con un cabello liso, muy bonito, de color castaño. Simpática y amable, nunca imaginé que debajo de esa amigable fachada se escondía una auténtica bruja, de las de verruga y caldero. Sí, debo confesar que me hechizó y no supe reaccionar a tiempo. Ahora lo sé, no fue su físico ni su carácter, sino un sortilegio hecho con la fuerza de las palabras; VARIABLE, IRPH, CARENCIA Y CAPITAL, AVAL Y AMORTIZACIÓN...; palabras que aún hoy me cuesta repetir, pero hago el esfuerzo por si algún día alguien lee este manuscrito, y tal vez esté a tiempo de sortearlas. Salí de ahí con la promesa y la felicidad de quien ya se cree un próspero adulto propietario de una casa.

 

       Durante una semana o quizás algo más, estuve visitando hogares en venta. Tal vez ahí debería haberme dado cuenta de que algo no iba bien. No eran viviendas soleadas rodeadas de verdor, ni tampoco bonitos edificios de algún estilo clásico. En ocasiones, para acceder a alguna de ellas, uno tenía que subir por oscuras escaleras; también la situación de la mayoría estaba demasiado apartada del núcleo urbano y del movimiento de la vida mundana, con demasiada poca iluminación en los alrededores, y tal vez en un destello de claridad mental, no me decidí por ninguna. Pero recuerdo muy bien cuando vi mi futura casa.

 

     Había anochecido ya, y caminando me llevaron desde la oficina de bienes raíces hasta un barrio multicultural y cosmopolita. Era un edificio de siete pisos, con estrechos balcones llenos de flores y banderas ondeando al viento nocturno. Una puerta de hierro y cristal se abría hacia un hall de estilo antiguo con dos escaleras, una cercana a la entrada y la otra un poquito más oscura situada al final, y hacia allí nos dirigimos el visitador y yo para subir al primer piso. Recuerdo asombrarme un poco, de la diferencia de estilo entre el exterior y el interior del piso -que según me comentaron, estaba recién reformado-, y la verdad es que me gustó mucho. El hechizo desde luego era muy potente, y así como en otra ocasión tuve un pequeño destello de realidad, aquí no se dio este fenómeno, y no pude ver ninguna característica negativa. Fue mucho más tarde cuando pude ver que no eran flores ni banderas, sino trastos y ropa tendida.

 

       Pero al cabo de poco la bruja y yo firmamos un pacto y gracias a mis progenitores que me apoyaron con su propio nido, me convertí en el propietario de cincuenta y cinco metros cuadrados de hogar. Durante cuarenta años debería abonar al superior de la bruja, -un demonio pecuniario llamado Ucifer-, una pequeña suma cada treinta días. Más tarde ese pacto se convirtió en terror, y casi me cuesta la vida.

 

       ¡Oh! ¡Pero qué tiempos más felices viví! Sacando genio, fuerza y habilidades de donde no sabía que las tenía, realicé algunos arreglos en la casa. Tenía tres habitaciones, un comedor, una cocina y un pequeño baño. Pinté dos habitaciones con colores especiales; una verde con salpicaduras de otros tonos de verde y blanco, otra de color mostaza con trazos rojizos, el comedor azul claro con salpicaduras verdes y azul marino, y dejé en blanco la habitación destinada a tender la colada, por asociación con la limpieza. Cambié las lámparas del comedor y de mi habitación. Vaya un electricista con pánico a la electricidad estaba hecho, pero era tan feliz que era capaz de superar mis miedos. Me deshice de una mesa de cristal enorme que ocupaba la mayor parte del comedor, y que a mi parecer estorbaba más que otra cosa. Era una mesa curiosa, pues la base era una escultura en negro de una mujer desnuda que con la cabeza y las rodillas sostenía el cristal. Solo cuando me dediqué a limpiar y desinfectar el baño concienzudamente -porque tengo mis propias manías-, me di cuenta de que no estaba solo.

 

       Indestructibles, veloces y marrones eran mis acompañantes. No sé si fue cosa de que el hechizo empezaba a perder su poder y su influjo sobre mí, pero los días siguientes me abofetearon con la realidad del desastre anunciado, de la profecía no pronunciada en voz alta, y que, sin embargo, me apuñalaba el corazón en cada palpitar. En la noche, si tenía que ir al baño o a tomar un vaso de agua a la cocina, inconscientemente buscaba con la mirada, como si fuese un sapo hambriento, a las malditas cucarachas. Y no tenía que buscar mucho, pues casi siempre encontraba alguna, y solo los dioses saben, que moría un poco por dentro, cada vez que aplastaba a una de ellas, del asco infinito que me producía.

 

       Solo una vez miré por una ventana de casa. Daba a una isla interior en forma de cuadrado, como el patio de una cárcel, formado por grandes edificios viejos y decrépitos. La maleza y las malas hierbas crecían sin control alguno y pensé -menudas vistas más feas, pero aún veo algo verde, aunque sean malas hierbas-, cuando de una zona arenosa libre de vegetación, salieron siete u ocho ratas, grandes como gatos. Nunca más volví a asomarme por ninguna ventana de la casa.

 

            Y transcurrían los días con cierta normalidad, yendo del trabajo hasta el hogar, sintiéndome seguro entre las cuatro paredes de la casa, a pesar de todo. Intenté ver la parte positiva de las cosas, ver un poco más el lado bonito de la vida. Tal vez no vivía en un barrio muy encantador, pero sí era cómodo vivir allí. Tenía todo tipo de comercios a un paso, podía comprar desde flores hasta zapatos, miel o incluso trajes: de todo podía encontrar cerca de casa, y decidí que era un buen sitio donde vivir, a pesar del aspecto gris de los edificios y de la suciedad de las calles. En esas cavilaciones andaba yo mientras regresaba del trabajo cuando llevaba quince días viviendo en mi nuevo hogar, y ocurrió que, llegando a la puerta de mi edificio, vi una gran congregación de personas. Como no conocía a nadie, me fui abriendo paso entre la gente para ver qué era lo que ocurría, y lo vi. En la acera yacía el cuerpo de un hombre de unos cincuenta años, que parecía dormir un sueño profundo, de no ser por el gran charco púrpura que se extendía como si fuese un cojín bajo su cabeza, salpicado con restos gelatinosos de un color grisáceo. Horrorizado, retrocedí, y fue entonces cuando entre el sonido de una sirena que se acercaba pude oír a alguien que decía -ha saltado desde el sexto piso-. Un triste Ícaro que nunca tuvo alas, ni intención de tenerlas. El hechizo de la bruja terminó por deshacerse, pero en ese momento, empezó la maldición, que tardaría mil cien días en manifestarse.

 

       Tres años después, en una soleada mañana, recibí una carta con un extraño símbolo. La abrí y era la copia del contrato que en su día firmé con la bruja, pero con una hoja extra con un extraño encabezado que decía “REVISIÓN TRIENAL DE SU ENDEUDAMIENTO”, y entre muchas palabras sin sentido para mí y que no era capaz de entender, pude descubrir el asunto de tan extraña misiva: ahora tendría que pagar mensualmente una cantidad que duplicaba la acordada en un principio. Al parecer, mediante engaños y argucias y entre la multitud de párrafos del pacto firmado, había una cláusula que permitía a Ucifer subir el importe a los tres años. Qué terrible situación, pues con mi humilde trabajo no sería posible para mí tal desembolso. Si no hacía frente a estos pagos, me quitarían mi casa, y lo que es peor, privarían a mis padres del nido que habían construido y protegido durante toda su vida; aquellos que me dieron la vida, iban a quedarse sin un techo donde cobijarse. Dos personas ancianas malviviendo en la calle y sin tener recursos para intentar habitar otro espacio. Y todo por el pacto infame que firmé bajo el hechizo de la maldita bruja. Todo por mi culpa, por mis ansias de volar. Esa misma tarde acudí sin demora a la oficina de bienes raíces, a visitar a la bruja y pedirle explicaciones por semejante engaño. Cuando llegué pude ver con horror, como ya no existía ninguna oficina. En lugar del cartel solo había una mancha; cualquier persona que pasease por allí, solo vería una oscura sombra que recordaba que algún día en ese preciso espacio hubo algo, y desgraciadamente, yo sabía el qué. Me sentí más solo y abandonado que nunca.

 

       Fueron tiempos muy duros y difíciles. Tuve que alimentarme con sopas de hortalizas, verduras y algo de pan, prácticamente nunca podía comer carne y mucho menos pescado. Algo tan simple como comprarme unos pantalones pasó a ser un lujo inalcanzable. Recuerdo caer enfermo y no poder costearme ni el remedio que una maga me recetó. A veces entraba en alguna taberna con mi morral y pedía un café, así podía ir a las letrinas sin levantar sospechas y robar las hojas de limpieza que solían estar formando un pequeño rollo. De mi trabajo robaba el jabón necesario para mi higiene personal. Cada noche al acostarme me acordaba de aquel triste Ícaro, y pensaba que ahora ya comprendía por qué voló sin querer unas alas; yo también empezaba a pensar que la solución a todos mis problemas podía empezar abriendo la ventana, no para recibir una fresca brisa, sino para lanzarme al vacío, pues entre todas las cláusulas del contrato, una cancelaba la deuda con mi fallecimiento.  Y así, malviviendo y soñando con la muerte, pasé varios años de mi vida, entre hambre y lágrimas de cobardía por no poder poner fin a mi existencia.

 

       Dicen que Dios aprieta, pero no ahoga. Será por eso que, en el peor momento de mi vida, cuando más desesperado estaba, puso a un ángel en mi camino. Quién me iba a decir, que justo en la puerta de al lado, pared con pared en mi habitación, ahí vivía el ángel que me iba a ayudar a encontrar, por fin, el camino hacia la salvación. Cuantos “buenos días” o “buenas tardes” habría intercambiado con ella sin saber lo mucho que iba a cambiar mi vida. Empezó con una conversación trivial, con un -¿qué tal estás vecino?-, a lo que le respondí -pues la verdad vecina, es que no muy bien. Todo cuanto gano es para pagar al demonio Ucifer, y apenas me queda nada para subsistir-. Y fue en ese preciso instante, que se dio una de las conversaciones más importantes de mi vida.

 

       -Yo estuve igual que tú, hace un tiempo. Es tremendamente injusto-. Me dijo mi ángel con su exótico acento, pues provenía de un país lejano.

       -Pues sí, pero no sé qué hacer. Solo vivo para pagarle cada mes y evitar así caer aún más en desgracia-.  Le contesté aguantándome las lágrimas, pues no quería mostrar lo realmente vulnerable que era.

       Me sonrió y me dijo algo que, por un momento, paró el tiempo y el espacio para mí: -No estás solo en esto, te voy a presentar a más gente en tu situación. Se está creando un grupo para luchar contra el demonio pecuniario. ¿Te gustaría formar parte? - Y mirándome a los ojos comprendió, que no necesitaba escuchar mi respuesta. Un brillo que hasta ahora no existía iluminaba mi mirada, y mis labios apretados se tornaron en una sonrisa, algo que llevaba mucho tiempo sin ocurrir. Aquella mujer que para muchos era una simple extranjera, fue mi ángel salvador. Y así fue, como me incorporé al Grupo Repercutido Empréstito, más conocido como G.R.E., un grupo de hombres y mujeres venidos de varias partes del planeta con un mismo objetivo común: derrotar al demonio.

 

       Fueron años de investigaciones, de preparar planes y sobre todo, de crecer como grupo. Durante este tiempo, mi situación era la misma en realidad, pero yo no era el mismo, pues tenía algo por lo que luchar. El fuego de la ira me consumía por dentro, pero supe canalizarlo de la mejor forma posible: luchar contra el demonio ayudando a los demás. Por todas partes aparecía gente víctima de contratos abusivos, de engaños y encantamientos. Familias enteras acudían a nuestro G.R.E. en busca de ayuda, y nosotros se la brindábamos desinteresadamente. Después de mucho tiempo, finalizamos la estrategia para enfrentarnos por fin al gran Ucifer, y así se lo hice saber a mi ángel, que, aunque aún no lo he dicho, se llamaba Lucía Isabellina. Y se alegró por mí, y por tanta gente que se quedó en el camino. Conocimos en este tiempo muchas aves con las alas rotas tratando de volar, estrellándose contra el suelo y dejando de ser por siempre jamás. Ella me abrazó y me dijo al oído unas palabras para que, llegado el momento, las pronunciara en voz alta, sin titubear y con toda la convicción posible.

 

      Dentro del entramado de entidades mediante las cuales, Ucifer explotaba nuestras vidas, localizamos un punto débil: una pequeña oficina situada estratégicamente entre dos grandes vías de comunicación, rodeada de parques y jardines, apenas a doscientos metros de la torre desde donde el infame Ucifer operaba con crueldad. Nos resultaba imposible acceder a la gran sede, pues grandes puertas de acero y cristal de varios centímetros de grosor, franqueaban el paso a cualquiera que no estuviese identificado con la marca del demonio. Pero esa pequeña oficina que pasaba completamente desapercibida, carecía de tales sistemas de seguridad. A través del boca a boca nos fuimos coordinando -ahora creo que esto en sí mismo ya fue una proeza-, cerca de doscientas cincuenta personas, todas integrantes del Grupo Repercutido Empréstito, y dispuestas a luchar hasta el fin, pues sentíamos que ya no teníamos mucho más que perder.

 

       Empezamos a entrar en la oficina de forma escalonada, haciéndonos pasar por clientes interesados en sus productos financieros. Medio centenar de nosotros nos encontrábamos ya en el interior. Mientras nos poníamos los uniformes verdes de combate, diez de nuestros mejores comandos bloquearon las puertas de la entrada. El resto que aparentaba pasear por ahí, como una mañana de viernes cualquiera, entró en tromba en la oficina, ganando la posición al asalto y tomando como rehenes a los secuaces de Ucifer. No tardaron en llegar los Siervos de Escuadrilla, un grupo militar cuya función era defender los intereses del demonio. Integrado por hombres y mujeres que no aceptaban vivir por sí mismos, no eran capaces de tomar las riendas de su vida, y preferían que fuese el demonio quién tomase las decisiones por ellos, pues les resultaba más cómodo limitarse a obedecer sin pensar nada más. Intentaron sacarnos de ahí mediante la fuerza, arrastrándonos por el suelo, amenazándonos con tomar duras represalias. Yo imaginaba a Ucifer mirándonos con arrogancia desde la altura de su oficina, sonriendo para sus adentros, creyendo en la victoria de esta batalla. Pero no contaba -y supongo que nosotros tampoco-, con la solidaridad de la gente de a pie.

 

 

       Empezaron a congregarse primero cuatro o cinco personas, luego ya varios centenares eran los que increpaban a los Siervos de Escuadrilla, impidiéndoles acercarse a la entrada de la oficina. Fue una buena posición de fuerza a nuestro favor que no desaprovechamos, reclamando una negociación para encontrar una salida a esta guerra, que de un principio dimos por perdida y que, sin embargo, teníamos la oportunidad de salir victoriosos de la batalla, aunque no de la guerra. Debido al clamor popular, al diablo no le quedó más remedio que aceptar. Un grupo reducido, compuesto por tres hombres y tres mujeres, fue el encargado de subir hasta el último piso, donde se encontraba el mismísimo Ucifer. Siempre agradeceré la confianza que depositaron mis compañeros en mí, pues encabecé el grupo y sin titubear crucé las enormes puertas del edificio. Tres esbirros aparecieron prestos a interceptarnos, agarrando a dos de los nuestros, pero en un rápido movimiento salté por encima de los parapetos que tenían preparados para encaminarme velozmente hacia las escaleras de caracol que, sin ningún tipo de duda, deberían terminar en la cámara donde se hallaba Ucifer. A mitad de camino, apareció un Siervo de Escuadrilla armado con una porra. Trató sin éxito de impedir nuestro ascenso, gracias a la rapidez de mis reflejos y a la fuerza de un compañero, que pudo empujarlo hacia las escaleras, quedando el combatiente encajonado entre la pared y la barandilla, gracias al grosor de las protecciones de su armadura, en una postura poco digna pero realmente graciosa. Y seguimos subiendo, hasta llegar a las puertas de la cámara donde me iba a encontrar cara a cara con Ucifer.

 

       Unas colosales puertas dobles de hierro, dominaban la última planta. Jamás había visto nada igual, no en vano eran las puertas del infierno. Dos columnas esculpidas con unas figuras tremendamente realistas de hombres y mujeres ardiendo en el averno, tratando de escapar del tormento, con los rostros desencajados por la agonía del dolor, enmarcaban las hojas de las puertas. Estas tenían la misma decoración, llegando a ser aún más diabólicas, pues además de los hombres y mujeres que trataban de escapar de las llamas, también pudimos ver entre las llamas esculpidas a bebés con sus pequeños rostros incapaces de entender el porqué de tanto dolor. En la parte de arriba, figuras de hombres se lanzaban al vacío hacia las llamas, abrazándose así a un fatal destino sin ningún tipo de esperanza. Una rabia terrible brotó de dentro de mí, y con una patada abrí de par en par las puertas del infierno.

 

       Allí nos esperaba Ucifer y lejos de parecer una criatura realmente salida del infierno, parecía un tipo común y corriente. Vestía un traje claro, con una camisa azul celeste a finas rayas y corbata lisa azul marino, con una fina línea roja apenas perceptible en forma de U.  Alto y delgado, tenía unos rasgos faciales completamente anodinos. Era de rostro continuado, pues era difícil ver dónde terminaba la frente debido a la considerable calvicie que mostraba, con apenas cabello en los costados, rodeando unas orejas bastante prominentes. Una gran sonrisa de autosuficiencia nos mostraba unos dientes amarillos e insanos, que rápidamente me produjeron unas arcadas, que no tuve más remedio que contener. Di siete pasos, dispuesto a enfrentarme a él. Cuando apenas lo tuve al alcance de mis puños, con un rápido gesto que provocó un gélido aire a mi alrededor, me enfrentó sosteniendo el pacto firmado tantos años atrás. No era un papel liso lleno de tinta formando palabras, sino un viejo y arrugado pergamino, escrito en sangre y manchado por miles de lágrimas que había derramado yo, durante tanto tiempo. Mirándome con desprecio y como escupiendo cada palabra, salivando salvajemente, me dijo: -¿Es esta tu firma?- Y me encontré desarmado, pues de mi puño y letra aparecía mi nombre. -¡Tú firmaste esto voluntariamente! ¿Acaso te creíste bajo un embrujo o hechizo? Eso nunca sucedió-. Yo empecé a marearme. ¿Pero qué estaba diciendo? Y siguió: -Tú viste solo lo que querías ver. Los seres humanos sois tan estúpidos que no nos hace falta ningún sortilegio para engañaros. Vosotros mismos venís como corderos a sacrificaros-, me gritó. Me empezaron a fallar las piernas y me agarré al escritorio que nos separaba, para no caerme. Y comenzó a reírse y su risa se hizo trueno. Caí de rodillas y miré hacia atrás, a mis compañeros. Vi el abatimiento en sus ojos, la renuncia a la lucha se abría paso en sus corazones. Y me acordé de aquel Ícaro muerto por saltar al vacío. Me puse en pie y grité con toda la fuerza de mis pulmones las dos frases que mi ángel me susurrara unas semanas antes: -¡IGNIS INFERNIS COLLECTA PECUNIA! ¡PECUNIARIA ET URERE INFERNUM DEMERGIS!- Al principio no ocurrió nada, pero en la mirada sorprendida de Ucifer, noté que alguna cosa iba a pasar. Nuca supe de dónde procedió, pero un rayo alcanzó al demonio en la mitad de la frente. Inmediatamente, un olor nauseabundo, mezcla de carne quemada y alcantarilla, llenó la instancia. Y empezó a disolverse en un humo negro, empezando desde los pies hacia la cabeza. Cuando ya habían desaparecido las extremidades inferiores y su torso empezaba a desaparecer, me señaló con un dedo y me gritó: -Quedan saldadas las deudas, pero tú nunca volverás a ver tu casa-. Y terminó de desaparecer.

 

 

       Fuimos recibidos con aplausos. Creo que nunca sentí tanta vergüenza como aquel día, pues nunca había sido el centro de atención, y me sentía un poco sobrepasado por los acontecimientos. Liberamos a los esbirros y poco a poco, los Siervos de Escuadrilla fueron abandonando el lugar. Nos juntamos unos cuantos, y fuimos a tomar cerveza a una taberna cercana, riendo y estrechando aún más, los vínculos de amistad y camaradería que nos unían. Esa tarde, otro ángel llegó a mi vida: una compañera de lucha con la que tuve ocasión de trabajar en los preparativos de la batalla, pero no para prepararme para un incierto destino, sino para quedarse junto a mí, y compartir la vida con los lazos del amor.

 

       Han pasado ya muchos años, y sigo estando seguro de que en realidad el demonio pecuniario sigue vivo, transformado en otro ser para pasar desapercibido, haciendo de las suyas.  El G.R.E. apenas tiene ya algún que otro seguidor, y ya no es noticia ni tiene apenas repercusión entre la gente de este reino. Yo continúo con mi guerrera, pues el amor nunca nos ha dejado de lado, y juntos superamos las dificultades del día a día, sin olvidar el pasado, aunque recordándolo cada vez menos. Ah, ¿os preguntáis qué fue de mi casa? Después de las celebraciones regresé a la mañana siguiente, de la mano de mi amor. Y aunque ella me juraba y perjuraba que el edificio estaba ahí, yo no podía verlo. Podía sentirlo con las manos, lo tocaba y ahí estaba, pero mis ojos no lo percibían. Solo veía una especie de velo hecho de nubes negras que no dejaban de moverse y que al abrirse en un pequeño claro, dejaban ver una U de color rojo. 

 

 

                                                   FIN

 

 

       Es bien diferente escribir sobre la vida de uno mismo, tal vez sea más sencillo pues no se tiene que inventar mucho, tan solo adornar los acontecimientos. No esperaba llenar seis páginas con un relato, pero este ha ido brotando apenas sin descanso. Solo hay alguna pequeña licencia que me he tomado que no es fiel a la realidad, la toma de rehenes nunca pasó. Lo demás, mejor o peor narrado, fueron hechos que sí tuve que vivir en primera persona. Y aunque aquí he tenido que omitir alguna que otra cosa, esta realidad la sufrí durante casi diez años.

 

        Tal vez no le interese a nadie, pero debo decir dos cosas. Una es, que el cuco es un ave parasitaria: pone los huevos en nidos ajenos. La otra es que UCI existe. Es una entidad de crédito sin escrúpulos propiedad a partes iguales del Banco de Santander (Satander para los que lo tuvimos que sufrir) y del banco francés BNP PARIBAS, cuyas prácticas aquí están completamente permitidas, mientras que en Estados Unidos no solo están prohibidas, sino que los máximos promotores de estas, están todos encarcelados.

        https://es.wikipedia.org/wiki/Crisis_de_las_hipotecas_subprime

        NOTICIA DEL 13 JUNIO 2021

        https://elpais.com/economia/2021-06-13/atrapadas-en-una-hipoteca-sin-fin.html