miércoles, 11 de enero de 2023

La Novicia (Relato)




            “El temor del Señor es el principio del conocimiento;

los necios desprecian la sabiduría y la disciplina.”

Proverbios 1:7

 

            Por fin ha finalizado el año. Mi formación como Postulante termina, gracias a Dios, con gran beneficio para mi espíritu. Del centenar de aspirantes, llegado a este punto, solo quedamos cuarenta. Sin duda, la Fe y la Oración, nos han ayudado en este duro camino, de soledad, estudio, recogimiento y, sobre todo, disciplina. En mi caso, la hermana Martha ha tenido santa paciencia conmigo, y espero poder agradecérselo en un futuro. En los momentos más duros del ayuno, después de catorce días de no ingerir alimentos, cuando ya no lo podía soportar más, la hermana Martha me tomaba de la mano, y me susurraba palabras de ánimo al oído. Palabras reconfortantes que, sin duda, me han hecho más fuerte. Pronto empezará la siguiente etapa. Estoy completamente preparada para dedicar mi vida a Dios. La Fe en sus enseñanzas me darán valor y fuerza, para luchar contra Satanás y su ejército de demonios.

 

            Han sido meses duros, lejos de la familia, de las amistades, de todo cuanto me era familiar. Desde mi ingreso en el convento de Santa Catalina, me he esforzado por cumplir estrictamente con la doctrina de las Siervas de María. Y sabe Dios, que en ocasiones no ha sido tarea sencilla. Las clases de religión eran mis favoritas. El estudio de las Sagradas Escrituras, siempre me ha reconfortado el corazón. La palabra de nuestro Señor Jesucristo es siempre sabia, inunda nuestros corazones con la Verdad. No quisiera pecar de orgullosa, pero realmente se me dan muy bien los estudios bíblicos. Tal vez, lo que más me ha costado durante este tiempo, ha sido la instrucción de la disciplina. Esta materia comprende multitud de aspectos y requiere de una gran fortaleza espiritual. Debemos pasar por un sinfín de privaciones, con tal de adquirir fortaleza y, para ello, la disciplina es esencial. Tal y como nos enseñan las Sagradas Escrituras, ya en el Libro de los Hebreos se nos dice en el versículo 12:11 que, “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”. Y esto es de una importancia capital dentro de las Siervas de María.

 

            Una de las actividades que solía realizar, exclusivamente en soledad, era la meditación. Para llegar a novicias, debemos conocernos interiormente. Varias veces al día, hacía examen de conciencia. La introspección es vital para conocerse una misma. Con ello, logramos entender y aprender cuáles son nuestras debilidades y fortalezas. Así como en la naturaleza, todo está conectado entre sí, las enseñanzas que nos brindan en las Siervas de María, también están entrelazadas. Por tanto, la Oración, la meditación e introspección, y la disciplina, debidamente aprendidas, sirven a un propósito que, de faltar alguna de estas materias, no llegaría a buen puerto, pues la instrucción no estaría completa.  Una vez seamos novicias, no solo tendremos la responsabilidad de extender la palabra de Dios con nuestro ejemplo, también tendremos que luchar contra el mal, en cualquiera de sus distintas formas.  Debemos ser constantes, y nuestra Fe ha de fortalecerse cada día.

 

            Las Siervas de María, es una congregación especializada en misiones. No se suelen quedar en el convento, aunque sí podríamos decir, que es la base central, desde donde se parte hacia las diferentes misiones, y también, es el lugar a donde se regresa al término de las mismas. Siempre que se pueda regresar, claro está. Durante este largo año, nos han adiestrado para que seamos capaces de lidiar con multitud de situaciones, normalmente desfavorables, para que nuestro cuerpo y nuestro espíritu se fortalezcan con la adversidad, llegando incluso a no temer ni siquiera a la muerte. Al contrario, el día de nuestro óbito es un día esperado, pues significa que, en breve, nos encontraremos a la diestra de nuestro Señor.  Hay misiones de todo tipo. Dependiendo de a dónde sean destinadas, las Siervas de María se han de enfrentar a todo tipo de situaciones, en su misión evangelizadora. La lucha contra el mal, no es sencilla. Pero esta congregación en su obra misionera, tiene también su fortaleza en los resultados. Allí donde son destinadas las Siervas de María, la palabra de Dios se convierte en ley, triunfando sobre el mal. El evangelio se extiende y la salvación llega a más gente. Por eso decidí entrar en esta congregación, quiero ser una salvadora.


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            “Y a ella le fue concedido vestirse de lino fino, resplandeciente y limpio, porque las acciones justas de los santos son el lino fino.”

Apocalipsis 19:8

 

            Después de ocho días, en los que las Postulantes nos preparamos haciendo Ejercicios Espirituales, casi sin descanso, por fin tuvo lugar la ceremonia de la Toma del Santo Hábito. Es un rito lleno de solemnidad, que se lleva a cabo en la intimidad de la congregación. Solo pueden asistir las Siervas de María, y está terminantemente prohibido que asistan familiares o amistades. Tampoco se permite tomar fotos o grabar videos. Fue un momento muy emocionante y especial para mí. A cada Postulante se nos entrega el Sagrado Hábito, que vestiremos de ahora en adelante. Cada una de nosotras, tiene asignada a una hermana, que es la encargada de entregarnos nuestro ansiado uniforme de trabajo. Sor Martha fue quien, después de tomarme las manos, me miró sonriente y me entregó el hábito. Le di las gracias con un pestañeo y traté de mostrarme serena, como el momento requería. Ya con el hábito en mis manos, me retiré a mi celda, igual que el resto de mis hermanas.

 

            No podría decir jamás que, el hábito me quedaba bien. En cambio, sí puedo asegurar, que me sentía estupendamente con él. La túnica, de un color negro como la noche más oscura, es increíblemente cómoda. Es ligera y permite moverse con soltura y agilidad. Un velo del mismo color que la túnica, cubre la cabeza aportando seguridad y discreción. Debajo del velo, una toca de color blanco enmarca mi rostro. Un cinturón exclusivo de las Siervas de María, ciñe el hábito a la cintura para mayor comodidad. La última pieza de la vestimenta, consiste en unos zapatos de un diseño muy funcional. Dotados de suela antideslizante, son cómodos y están preparados para largas caminatas. Una vez vestida al completo, me miré al pequeño espejo que tenía en mi celda, y oré en silencio, sintiéndome bendecida y agradecida a Dios todopoderoso.

 

            En la hora de Vísperas, las Postulantes nos presentamos, ahora ya debidamente vestidas con nuestro nuevo y reluciente hábito, en la sala Capitular. Allí, la Madre Abadesa nos ofreció un emotivo discurso, acerca de lo que, de ahora en adelante va a ser nuestra vida, y de lo que se espera de nosotras. Nos dejó claro, que no va a ser un camino de rosas, sino más bien al contrario, estará sembrado de espinas, sangre y dolor. Así son las misiones para las Siervas de María. Y esto hace que, gracias a su Fe, sean capaces de superar los obstáculos o, llegado el caso, de entregarse a su destino con el corazón contento y lleno de felicidad. Cuando la Abadesa finalizó su diatriba, nos unimos todas en oración, para pedir por los hombres y mujeres que trabajan por la paz y la justicia.


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            “Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?”

 Romanos 8:31

 

            Al cabo de unos días, llegó al convento, Patrick de Boulogne, arzobispo de Lyon. Llevaba consigo una valija ministerial de gran importancia para todas las recién estrenadas novicias: el destino asignado a cada una de nosotras. Estábamos ansiosas por conocerlo, tanto al Reverendísimo Señor, como a nuestro designio. Al día siguiente de su llegada, las Postulantes fuimos llamadas una a una, al despacho de la Madre Abadesa. No tuve que esperar mucho tiempo, pues fui la cuarta en entrar. El arzobispo estaba sentado en el austero escritorio, mientras que la Madre Abadesa se mantenía de pie, detrás de él. Varios fardos de cartas ocupaban buena parte de la mesa. Después de presentarme, el arzobispo se me quedó mirando en silencio, con un rostro serio. Tenía los ojos negros, una nariz aguileña bastante prominente, y unos labios finos. Me fijé en sus manos, y me llamó la atención el anillo pastoral. Era de oro y estaba bellamente labrado. Tenía una enorme piedra de jade, rodeada de diamantes. En ambos lados del anillo, destacaban unas cruces de oro, con un brillante en el interior. Creo que el arzobispo se dio cuenta, y carraspeó para llamar mi atención. Jamás podré olvidar sus palabras:

            —Hermana, su misión requerirá de esfuerzo y disciplina. Incluso es posible, que se ponga a prueba su Fe. Pero algo me dice, que será capaz y logrará superar, cualquier prueba que el maligno ponga en su camino. Recuerda siempre, este versículo del Deuteronomio: “El Señor mismo marchará al frente de ti y estará contigo; nunca te dejará ni te abandonará. No temas ni te desanimes”. Llévelo siempre con usted, bien anclado en su corazón.

            Me hizo entrega de un sobre con mi nombre, cerrado con el sello Papal. Asentí con la cabeza y la Madre Abadesa me indicó que ya podía salir. Fui a mi celda, tratando de mantenerme serena, aunque la verdad, es que por dentro me sentía temblar. Una vez en la intimidad de mi celdilla, rompí el sello y abrí el sobre. Contenía una hoja de papel de color blanco, que desdoblé para poder leer el contenido. El escudo Papal encabezaba una carta escrita con una bella caligrafía:

 

                        Santa Sede, 17 de abril de 2094

      Querida hermana, le escribo con gratitud, por haber elegido los caminos del Señor. Debemos confiar en las enseñanzas que Nuestro Señor nos brinda, y como soldados en Cristo, tenemos la obligación de extenderla hasta los confines del Universo, si fuese preciso. Nos debemos a Dios. Siguiendo sus designios, uno de sus preceptos es la salvación de las almas, motivo por el cual, ha sido elegida como salvadora, integrándose de pleno derecho en las Siervas de María.

 

       Su misión, es de gran importancia para nuestra Santa Madre Iglesia, y también, para el futuro de la humanidad. Será trasladada a Kourou, en la Guayana Francesa. Una vez allí, empezará su Noviciado, instruyéndose en las diversas materias que le serán de utilidad, para llevar a cabo con éxito su obra misionera. Una vez terminado su adiestramiento, será destinada a la Casa de Dios, poniéndose al servicio del señor Obispo, en la lucha contra el Mal.

 

       Finalizo esta epístola, citando las sabias palabras que el profeta Isaías nos reveló en las Sagradas Escrituras: “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa”.

 

       Que Dios la bendiga.

Atentamente,

         Juan Pablo XXXIV

 

        Releí la carta tres o cuatro veces. Estaba emocionada y un poco asustada, por la importancia de la misión. Me habían destinado a la Casa de Dios, superando por completo todas mis expectativas. Pero si de algo estoy segura, es que, con Fe, todo es posible.

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       “Bendito sea el Señor, mi roca, que adiestra mis manos para la guerra, y mis dedos para la batalla.”

Salmos 144:1

 

 

            A las tres semanas de obtener mi misión, llegué a Kourou. Mi destino se encontraba entre esta población, y Sinnamary, una pequeña ciudad situada al pie del río que da nombre a la urbe. Un vehículo todoterreno me llevó por rudimentarios y embarrados caminos, durante unos dieciocho kilómetros. Finalmente, llegué al Centre Spatial Guyanais, y me presenté en el edificio de administración. Allí entregué la misiva Papal, y después de firmar en el registro de entrada, un hombre enjuto y que caminaba con una leve cojera, me acompañó hasta un edificio de tres plantas. Una vez allí, se despidió con un ademán y se marchó. El edificio era de color gris, y contrastaba con el azul del cielo. Estaba salpicado de ventanales, y en cada piso, amplios balcones engalanados con flores, conferían a la construcción una pátina de belleza orgánica, a pesar del color gris del hormigón de la fachada.

 

            Antes de entrar, dediqué unos minutos a orar. Al término de mis oraciones, suspiré profundamente. Una vez cruzase esa puerta, ya no habría vuelta atrás. Recordé el versículo del apóstol Lucas, que decía: “Todo el que procure preservar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la conservará”. Agarré con fuerza el pomo de la puerta. Ahora, por fin empezará de verdad mi Noviciado. Abrí la puerta, y me adentré en el edificio. Me encontré en un gran espacio abierto, con un gran mostrador flanqueado por dos grandes escalinatas. En el lado derecho, pude ver dos ascensores. El lado izquierdo estaba abarrotado de máquinas expendedoras. Una monja con su uniforme negro, vino a recibirme con una gran sonrisa. Me acompañó a mi dormitorio, y después de explicarme un poco por encima, el funcionamiento de la congregación, me dio un tríptico donde encontré toda la información, de manera más exhausta. Antes de despedirse, me informó del horario de mis clases, pues mañana mismo debía empezar el adiestramiento, con una duración de siete días. Me abrazó, y se marchó dejándome a solas.  Me di una larga ducha, y pasé el resto de la tarde orando en silencio y recogimiento.

 

            Durante la siguiente semana, alternaba el estudio de la Palabra, con las clases prácticas. Los días fueron exactamente iguales. Nada más levantarme, debía orar en ayunas. Después de un pequeño desayuno consistente en café y tostadas con aceite y sal, acudía a la biblioteca. En la hora duodécima, hacía un descanso y comía un poco de pan con algo de fruta. Más tarde, empezaban las clases prácticas y de adiestramiento. La disciplina era muy importante. No podía flaquear, el demonio tiene muchos trucos para engañarnos, y por eso es tan fundamental ser disciplinada. No podemos permitirnos ninguna compasión por el Mal, puesto que debe triunfar nuestro Señor. Al término de la semana, mi instrucción estaba completa. Ya era el momento de presentarme al Obispo, en la Casa de Dios.

 

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            “Porque para mí, vivir es Cristo y morir es ganar.”

Filipenses 1:21

 

           

            Théodore Obulungi, era el Obispo al mando de la Casa de Dios. Nacido en Tanzania, había escalado puestos en la Iglesia gracias a su tesón, su esfuerzo y su Fe. Era un hombre enérgico, serio y que no se prestaba a grandes celebraciones. Una vez me presenté ante él, me dijo lo que se esperaba de mí: sacrificio, disciplina y voluntad. Asentí con la cabeza, y respondí que así sería. Me informó de los planes que se tenían para la Casa de Dios, y también, de que en dos días partiríamos. Nuestro destino era el sistema solar de Alpharad, en la constelación de Hydra, situado a ciento setenta y siete años luz. En Noctícula, la sexta luna del sexto planeta que orbita la estrella, deberemos enfrentarnos a las fuerzas del Mal.

 

            Tal y como monseñor Obulungi había dicho, la Casa de Dios despegó del Centre Spatial Guyanais, utilizando solo parte de sus enormes motores. Construida con una aleación de acero y carbono, su forma de cruz nunca pasaba desapercibida. Era la nave insignia de la Santa Madre Iglesia. Cuenta con una gran capacidad ofensiva, y permite el despliegue de dos mil efectivos, entre Novicias, Monjas, Novicios, Monjes, Sacerdotes y Diáconos, repartidos en diez batallones. Un ejército de Dios, preparado para la guerra. La misión no resultará sencilla de cumplir, pero no desfalleceré. Una vez lleguemos a Noctícula, nos desplegaremos en un punto cerca del ecuador, y deberemos abrirnos paso, en el nombre de El Salvador, acabando con cuantos demonios salgan a nuestro encuentro. Nunca debieron haber salido de Alpharad, y mucho menos, haber intentado colonizar nuestro planeta. Deberían haber conocido, las palabras del profeta Isaías: “He aquí, el día del Señor viene, cruel, con furia y ardiente ira, para convertir en desolación la tierra y exterminar de ella a sus pecadores”. No tardarán mucho en aprenderlas.


                                                                                                        FIN

lunes, 5 de diciembre de 2022

5 NOVELAS DE CIENCIA FICCIÓN QUE DEBES LEER

 

1-     LOS PROPIOS DIOSES (1972), de Isaac Asimov

Esta obra del escritor norteamericano recibió los premios Nebula, Hugo y Locus. Esta novela está dividida en tres secciones: “Contra la estupidez”, “Los propios Dioses” y “Luchan en vano”, cuyos títulos vienen de la frase «Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano», de la cita del poeta y dramaturgo Friedrich Schiller. La historia transcurre en dos universos paralelos, el nuestro y otro donde habitan unos seres que traman convertir al Sol en una supernova para aprovechar la energía para su propio uso.

Es una novela que al menos a mí, me resultó complicada de leer. La empecé en dos ocasiones, dejándola de lado al poco tiempo. No fue hasta un tercer intento, en el que me obligué un poco a seguir leyendo que conseguí terminarla. Y al final, a pesar de todo, me pareció una maravilla.

 


2-      LAS ESTRELLAS, MI DESTINO (¡TIGRE! ¡TIGRE!) (1956), de Alfred Bester

Un clásico atemporal y que toda persona aficionada a la ciencia ficción debería leer. El tripulante Gully Foyle de la nave mercante Nomad, propiedad de la gran corporación Presteign., Después de recibir un ataque la nave resulta destruida resultan queda abandonado solo en el espacio do Foyle el único superviviente, quedando abandonado solo en el espacio. Al cabo de seis meses de esperar un rescate, otra nave propiedad de la corporación Presteign llamada Vorga, pasa cerca de él ignorando su señal de socorro. Este hecho devendrá en un deseo irrefrenable de venganza. No desvelaré nada más de la trama, pero sí destacaré que en esta obra, aparece la capacidad de teletransportación personal, llamada “Jaunteo”, algo característico de esta gran novela de Bester.

 


3-     PÓRTICO (1977), de Frederik Pohl

Esta novela resultó ganadora de los premios Nébula de 1977, Hugo y John W. Campbell Memorial de 1978. La obra es la primera parte de una tetralogía sobre unos misteriosos seres extraterrestres: los Heechee. Los seres humanos descubren en el interior de un asteroide bautizado como Pórtico, una base espacial alienígena, con multitud de naves cuyos rumbos están prestablecidos y cuyo destino se ignora.  A esta obra le siguen “Tras el incierto horizonte (1980); “El encuentro” (1984) y “Los anales de los Heechee” (1987).

Es una de las sagas de ciencia ficción que más me han gustado. Y si no eres de leer sagas, al menos Pórtico es de obligada lectura. Si además has jugado a la trilogía de videojuegos Mass Effect, seguro que reconocerás la influencia de esta novela en ese universo.

 


4-     PLAYA DE ACERO (1992), de John Varley

«Dentro de cinco años el pene será obsoleto.» Así comienza la novela finalista del premio Hugo de 1993, “Playa de acero”. La humanidad ha sido desterrada de la tierra debido a una invasión alienígena y ahora, vive dispersa por ocho mundos del sistema solar, siendo la Luna, el más poblado de todos ellos. En esta nueva realidad, los seres humanos tienen una larga vida gracias a los avances en nanotecnología médica, siendo habitual el cambio de sexo entre la población. Sin embargo, corre una insatisfacción entre la población y el aumento de los suicidios lleva al Ordenador Central junto a Hindy, el/la protagonista a investigar un asunto que termina siendo vital para la humanidad. Esta obra es la primera de una trilogía llamada “Metal”, que continúa con “El globo de oro” (1998) y finaliza con “Irontown Blues” (2018) aún sin traducción al español.

Leer esta novela y su continuación fue puro divertimento. Ambas me encantaron. Además, debo reseñar que “Playa de acero” es un claro homenaje a Robert A. Heinlein, por lo que, para mí, le añade un plus.

 


5- ESTRELLA DOBLE (1956), de Robert A. Heinlein

Novela premiada con el Hugo de 1956, narra las peripecias de un actor llamado Lawrence Smythe, apodado como "El Gran Lorenzo", el cual es contratado para representar a una importante figura pública. El actor, egocentrista recalcitrante, deberá ir dejando de lado su personalidad para ir poco a poco acercándose a la de Joseph Bonforte, el carismático líder al que debe encarnar públicamente, ya que se encuentra secuestrado por sus rivales políticos.

Como sucede con muchas de las novelas de Heinlein, me lo pasé muy bien con su lectura. Frases memorables y un destripamiento sin piedad de los diferentes sistemas políticos con una trama que atrapa desde el primer momento. Una novela para el disfrute.



lunes, 21 de noviembre de 2022

DEBRIS (escombros), (Relato)

 



¿Te apetece un café? —Berta le acercó a Lola un vaso de polipropileno, decorado con el logo de la empresa.

—Sí, muchas gracias. Hasta que no me tomo el primer café del día, no soy persona —contestó bostezando.

Le dio un sorbo y lo dejó a un lado, encima del banco. Abrió su taquilla, y descolgó el mono de trabajo. Se vistió mientras que, su compañera, hacía lo propio. Las dos mujeres salieron del vestuario con sendos cascos bajo el brazo, en dirección al hangar número cuatro.

—¿Conoces los planes para hoy? —Preguntó Lola a la piloto.

—Debemos limpiar al menos cien kilos, en el sector F6 —Berta apretó el botón que abría las grandes puertas interiores del hangar—. Hoy nos toca trabajar con aquella —Señaló una barredora de tamaño medio, dotada de un tubo de extracción, y capacidad para casi ciento cincuenta kilos de desechos.

Antes de entrar en la nave, se pusieron los cascos y, cumpliendo con los protocolos de seguridad, se revisaron los trajes la una a la otra. Comprobaron que los sistemas de comunicación funcionasen correctamente, y subieron a la barredora espacial.

 

Si bien al principio no se le dio mucha importancia, con el paso de las décadas, la basura espacial, conocida también por el nombre de debris, terminó por ser un problema de primer orden. El planeta Tierra está rodeada por estos desechos, y es un peligro constante para las cuatro estaciones espaciales internacionales, dedicadas a la investigación. También afecta a la multitud de satélites de todo tipo, que orbitan el planeta y, por supuesto, a los vuelos y trabajos espaciales. En el año dos mil ciento trece, varias multinacionales dedicadas a la gestión de residuos, aunaron sus esfuerzos, y fundaron Orbiser: la primera empresa privada dedicada, por completo, a eliminar los escombros que orbitan la Tierra. Construyeron la gran estación Progress, y la situaron en la órbita terrestre alta, a ochocientos kilómetros de altura. Con una capacidad para doscientas personas, y diez vehículos de limpieza, Orbiser recoge en cada jornada de trabajo, cerca de una tonelada de desperdicios espaciales. La tripulación de una nave barredora, suele estar compuesta por dos o tres personas. Normalmente, se localizan los desechos mediante el radar. Una vez encontrados, y dependiendo de la barredora, uno o dos operarios salen al espacio y utilizan los tubos de vacío como si de una aspiradora se tratase, aunque el proceso es bastante más complejo. Los tubos de vacío reducen la velocidad de los escombros antes de absorberlos. Si el tamaño de la basura es grande, se atrapa y se coloca manualmente en el compartimento al que van los desechos, situado en la parte trasera de la nave. Una vez limpia el área designada, se regresa a la base. Allí, otros operarios se encargan de compactar la chatarra espacial, transformándola en grandes bloques metálicos, que, más tarde, se envían de vuelta a la Tierra para su reciclaje.

 

—Base Progress, Barredora Oscar Romeo Ocho Seis Uno Cero, en punto de espera y lista para el despegue. Cambio.

—Atención. Barredora Oscar Romeo Ocho Seis Uno Cero, tenéis permiso para despegar. Brigada Happy, que tengáis buen servicio.

—Recibido. Cambio y corto.

Berta tiró del joystick de control hacia abajo, accionando la palanca de la velocidad suavemente. Al cabo de unos instantes, aumentó la aceleración, llevando la palanca hasta la mitad de su recorrido. En apenas ocho segundos, la nave salió de la base con suavidad, en dirección al sector F6. Al cabo de treinta minutos, llegaron a la zona designada. Lola se levantó de su asiento, sonrió a su compañera y después de levantar el pulgar, salió de la cabina de mando. Una vez en la esclusa, observó los indicativos del traje, en el ordenador incorporado en la muñeca. Todo en verde. Tomó el cable de seguridad y lo fijó a la argolla situada en la cintura del traje. Al hacerlo, se iluminó en verde el indicador correspondiente, en la consola de la cabina de mando. Ahora la piloto, podía abrir la compuerta.

 

«Nunca te acostumbras», pensó Lola, mientras se acercaba al lateral derecho de la nave, para desacoplar el tubo de vacío. Los paseos en gravedad cero, son experiencias difíciles de olvidar. No es solo la sensación de ingravidez, también la sensación de paz, con el increíble paisaje del planeta azul bajo los pies. Ya con el tubo en las manos, accionó los motores de la mochila y se desplazó hacia delante, dejando atrás a la barredora. A los cincuenta metros, accionó el radar y miró la pantalla. En ocasiones, los escombros no eran visibles a simple vista, por lo que era más fiable trabajar con la ayuda electrónica. En la pantalla apareció un grupo de piezas metálicas, y Lola se puso a trabajar. Apuntó en la dirección adecuada y notó, al cabo de poco tiempo, como succionaba los desechos. Tenía cuatro horas de trabajo por delante.

 

No faltaba mucho tiempo para la finalización de la jornada. La barredora espacial había recogido ciento quince kilos de basura, más de lo exigido en el plan de trabajo. Y, de hecho, aún hubiesen podido recoger algunos kilos más, de no ser por una incidencia recibida. Progress se había comunicado con la nave, para proporcionar nuevas instrucciones.

 

—Atención Lola, debes regresar —anunció la piloto—. Tenemos que movernos, hay una incidencia.

—Recibido —miró el tiempo de trabajo en la pantalla y suspiró resignada. Solo le faltaban quince minutos para terminar el turno, y tener que resolver una incidencia alargaba la jornada laboral.

Desconectó el tubo de vacío, y recortó la distancia que le separaba de la nave. Volvió a colocar el tubo en su sitio, y se aseguró de que el anclaje estuviese cerrado. Una vez dentro de la barredora, se quitó el cable de seguridad y lo colocó en su sitio. Tenía ganas de fumarse un cigarrillo, pero iba a tener que esperar.

—Espero que, al menos, las horas extras las añadan al tiempo de descanso —comentó nada más entrar en la cabina de mando—. ¿Qué ocurre? —Preguntó.

—Han detectado algo en el sector Z12. Al parecer es algo grande, aunque no han precisado mucho más.

—Pero… eso queda fuera de la órbita. ¿Por qué no envían a Mondragón? Él lleva una nave más grande.

—Tiene problemas con uno de los tres motores —Berta programó la dirección y encendió los motores—. Vamos para allá —añadió.

 

El sector Z12 es el más lejano de la base, y el único situado fuera de la órbita planetaria. Es una porción del espacio entre la Tierra y la Luna, situado mucho más cerca del planeta azul que, del polvoriento satélite. Desde aquí, la Tierra se ve mucho más pequeña, aunque el color azul del planeta sigue destacando, entre el negro salpicado de millones de estrellas.

—Ahí está, —Berta señaló un punto en la pantalla del radar— me acercaré un poco más, a ver si podemos tener una visual del escombro, antes de que tengas que salir.

Al cabo de unos minutos, la piloto conectó los potentes faros de la nave. Ante ellas, apareció un artefacto de aspecto metálico, en forma de pirámide. La base era cuadrada, y debía medir cerca de un metro de longitud. Tenía una altura de metro y medio aproximadamente y era de color negro.

—¿De dónde habrá salido esta cosa? —Preguntó Lola.

—No tengo ni idea. Ya sabes lo que te toca, ¿verdad?

Lola salió de la cabina de mando en dirección a la esclusa. Comprobó los indicadores de su traje, y conectó el cable de seguridad a su traje. La piloto abrió la compuerta. Salió al espacio, y se dirigió hacia el extraño objeto. Accionó los propulsores de la mochila y se acercó a la pirámide. Se detuvo a escasos centímetros, y acarició con una mano una de las caras. Se dio cuenta, de que el objeto no era completamente liso. Tenía algo grabado. De un bolsillo lateral del pantalón, sacó una red confeccionada con fibra de carbono, que se utilizaba para atrapar objetos voluminosos. Una vez desplegada, medía cerca de tres por tres metros. Rodeó el objeto, pero antes de llevarlo hacia uno de los compartimentos exteriores de la nave, se detuvo a pensar unos instantes. Si lo introducía en el compartimento trasero, iría a parar junto con el resto de escombros, y terminaría aplastado y compactado, una vez lo descargasen en la base.

—Berta, tengo una idea.

—¿Qué ocurre? —Inquirió la piloto.

—Voy a llevar el chisme este dentro de la nave. Lo entraré por la esclusa —propuso, mientras se acercaba a la barredora.

—Sabes que eso va en contra de las normas, ¿verdad?

—Sí, ya sé que no está permitido quedarse con ningún tipo de escombro, pero… técnicamente es posible que esto no sea basura espacial. No parece que esté dañado, ni que sea parte de algo que se haya roto o desechado.

—No sé, no termino de estar segura. ¿Y si es peligroso? Soy la responsable de la nave, y no quiero correr riesgos innecesarios.

—¿Y si resulta que es valioso? —Contraatacó Lola—. Al igual nos forramos, y nos podemos jubilar anticipadamente. Piénsalo.

—Estás como una cabra, ¿lo sabías? —Pulsó el botón de apertura de la esclusa—. Y yo peor que tú, por hacerte caso.

Una vez dentro de la nave, Lola examinó con más detenimiento el misterioso artefacto. A los pocos minutos, Berta se reunió junto con su compañera.

—¿Qué es esto?

—Parece algún tipo de grabados —respondió Lola, que reseguía con la punta del dedo índice los extraños símbolos—. No soy una especialista en lingüística, pero no me parecen… —dejó la frase sin terminar.

—No te parecen, ¿qué, Lola? —Inquirió Berta.

—Humanos. No se parece a ningún idioma que yo haya visto nunca.

—Bueno, no te lo tomes a mal, pero no eres ninguna experta.

—Pues no, no lo soy. Pero esto no es ruso, ni árabe. Tampoco se parece a ninguna lengua asiática —Respondió—. ¿Qué querrán decir estos signos?

Terminó de acariciar los símbolos de una de las caras de la pirámide. De pronto, se iluminaron todos los símbolos de la pirámide. Al cabo de unos segundos, en una de las caras apareció una abertura de forma rectangular, que poco a poco fue agrandándose. Dejó al descubierto una zona interior del artefacto, de unos cuarenta centímetros de largo por veinte de alto. En su interior, había algo. Ambas mujeres se miraron. Lola metió la mano y extrajo una pequeña caja rectangular. Parecía estar hecha del mismo material metálico y oscuro que la pirámide. Uno de sus lados, era completamente liso. Sin embargo, en el otro lado había algo que reconocieron al instante: un pulsador. No podía ser otra cosa. Un botón de color gris, sobresalía unos milímetros. Solo podía utilizarse de una manera: pulsándolo.

—Ni se te ocurra —Advirtió la piloto—. Podría tratarse de algún tipo de arma, o tal vez un explosivo. Sea como sea, no aprietes el botón.

—Tranquila, no lo haré. Al menos, sin saber algo más.

—¿Y ahora qué hacemos? —Preguntó Berta—. Esto no podremos entrarlo sin que lo vea nadie. Con ese tamaño, es imposible ocultarlo. —Dijo, señalando la pirámide.

—Regresemos a la base. Una vez allí, se lo enseñamos al encargado de la estación, a ver qué opina —Se guardó la pequeña caja en un bolsillo lateral del traje—. Venga, pongámonos en marcha, que quiero llegar y fumarme un cigarrillo —Añadió, palmeando en la espalda de su compañera.

 

           

De vuelta en Progress, se llevaron una sorpresa. La pirámide se había disuelto. Apenas quedaba una pequeña porción de la base cuadrada, con claros signos de haberse corroído. El suelo de la nave estaba manchado de negro. Berta se agachó y limpió con la mano una pequeña zona, para poder observar el suelo de la barredora. Suspiró aliviada, al comprobar que la corrosión de la pirámide no había afectado en absoluto, al suelo de la nave. Claro que, de haberse producido un agujero, se hubiese enterado al momento, debido a la pérdida de presión.

—¡Mierda! —Exclamó—. Ya te dije que no me fiaba. Nos podía haber costado el despido fulminante. Menos mal, que no logró atravesar el acero.

—¿Y cómo podía yo saberlo? —Se defendió Lola. Bueno, al menos ahora, no tiene por qué enterarse nadie.

—¿Tienes el pulsador?

Lola rebuscó en su bolsillo, y extrajo, sonriendo, la misteriosa caja con el botón.

—Creo que lo mejor sería que, llevemos esto a la Tierra en el próximo permiso. Tal vez allí, podamos encontrar a alguien que pueda saber algo más sobre su procedencia, o qué sé yo… incluso alguien que lo pueda tasar. Puede que aún saquemos algún provecho. —Comentó.

—Está bien, —convino la piloto— pero tú te encargarás de guardarlo.

 

Pasaron dos semanas más de duro trabajo, antes de que llegara el ansiado permiso para descansar, abajo en la Tierra. La Lanzadera Espacial Internacional se acopló a la estación Progress a las doce en punto, cumpliendo con el horario a la perfección. Una vez descargado el material y las provisiones de la bodega del transbordador, se procedió a cargar los bloques de metal, obtenidos de la compactación de los escombros recogidos. Después de seis horas, se completó la tarea. Ahora ya solo faltaba cargar el equipaje de los barrenautas que iban a disfrutar del largo permiso de descanso. Lola y Berta, entraron junto a cuatro compañeros más, y se acomodaron en los asientos. Al cabo de diez minutos, la voz del comandante, les avisó de que el despegue era inminente.

 

El viaje de regreso a la Tierra se completó en tres horas, con total normalidad. Aterrizaron en la pista del Centro Espacial John F. Kennedy. Afortunadamente, ahora ya no hacía falta guardar cuarentena al regresar del espacio. En cambio, se acoplaba un pasillo hermético a la lanzadera que llevaba hasta una instalación portátil de desinfección. Los recién llegados, entraban en una sala blanca, y tomaban una ducha de aire. Una vez libres de cualquier tipo de partícula extraña, salían al exterior. Un autobús los llevó al hotel del complejo, para pasar unos días, antes de dirigirse hasta el país de destino. Las compañeras de cuadrilla, se alojaron juntas en una habitación doble. Nada más cerrar la puerta del alojamiento, Lola se estiró en la cama y se encendió un cigarrillo, a pesar de la prohibición del hotel, de fumar en las habitaciones. Berta se dio una ducha rápida, y se vistió con ropa cómoda, antes de salir del baño. Abrió el minibar, sacó dos cervezas y le lanzó una a su compañera, que la atrapó y se incorporó en la cama.

—He estado pensando y no se me ocurre a quién podríamos llevar el trasto ese. —Comentó Berta.

—Tal vez en la universidad. Podríamos dibujar alguno de los símbolos que vimos en las caras de la pirámide, eso aportará más información. Seguro que le interesará a algún astrónomo.

—¿Dónde tienes la caja con el pulsador?

—En la maleta. Espera, que lo sacaré. —Lola se levantó y se dirigió al pequeño pasillo de la entrada de la habitación, donde había dejado la maleta. La puso encima de la cama y la abrió. Sacó con cuidado la ropa y algunos enseres—. Oh, Oh —Comentó.

—¿Qué ocurre? ¿No me digas que te la has olvidado en la base?

—Peor, —contestó Lola— mira. —Alargó el brazo para que Berta viese con claridad la misteriosa caja aparecida en el interior de la insólita pirámide, encontrada en medio del vacío del espacio.

—¡Mierda! —Exclamó—. ¿Pero cómo…?

—No lo sé. Supongo que al cerrar la maleta… tal vez con la presión se haya apretado el botón. No lo sé, Berta.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Bueno, de momento, lo mejor será no preocuparnos. Al fin y al cabo, no ha pasado nada, ¿no crees? —Contestó con una sonrisa.

 

Al cabo de unos minutos, sonó el teléfono de la habitación. Fue la piloto, quien respondió.

—¿Sí? ¿Cómo dice? ¿Ahora? Ok, de acuerdo, enseguida bajamos.

—¿Qué ocurre? —Preguntó Lola.

—No lo sé. Tenemos que acudir inmediatamente a la sala de conferencias del hotel. —Contestó abriendo su maleta para extraer algo de ropa más formal para ponerse.

 

Cuando llegaron a la gran sala de conferencias del hotel, la mayoría de los asientos estaban ya ocupados. Encontraron un sitio en el que sentarse juntas, en un extremo de la duodécima fila. Al cabo de unos instantes, por una de las puertas laterales que daban al escenario, apareció un coronel del ejército norteamericano. Las luces se atenuaron, y bajó una enorme pantalla. El militar tomó la palabra:

—Señoras y señores, permítanme que les ponga al corriente de la situación. Nos encontramos en situación de alerta máxima. De momento, nadie puede abandonar el hotel, y mucho menos salir de las instalaciones del complejo. —En ese momento, la pantalla se iluminó y comenzaron a visualizarse vídeos e imágenes tomadas en diferentes partes del planeta—. Como pueden observar, acaban de aparecer estas naves en los cielos de diversas partes del planeta. Están en todos los continentes, y, que sepamos, al menos hay una en la capital de cada país. Aún desconocemos la procedencia e intenciones de esta visita.

Lola y Berta intercambiaron una mirada. No necesitaron decirse nada. Una parte del misterio, había quedado resuelta. Ya no iban a necesitar acudir a un científico ni a un experto para que les explicara para qué servía ese pulsador. Ante ellas, se abría una certeza que no podían ignorar. El destino de la humanidad, acababa de cambiar para siempre. Tal vez, la mayor incógnita que durante tanto tiempo se habían planteado filósofos, astrónomos y exobiólogos, había quedado resuelta: existía vida inteligente en el Universo, además de la que se había producido en el planeta Tierra. Gracias a dos barrenautas, la humanidad se había caído de la cuna del conocimiento, para entrar de golpe en la edad adulta.

                                                           FIN


lunes, 14 de noviembre de 2022

Al final del arco iris (Reseña)

 


Al final del arco iris (título original Rainbows End), es una novela de ciencia ficción escrita en el año 2006, por el escritor norteamericano Vernon Vinge. Esta obra, se puede clasificar como “ciencia ficción cercana”, pues no estamos tan lejos de encontrarnos en un mundo similar al que plantea Vinge, en el cual, mediante el uso de unas lentillas especiales conectadas a Epifanía, una nueva interfaz que substituye a nuestro internet. Surgirán nuevas formas de comunicación y nuevas maneras de relacionarse, lo que generará, para quienes no sean capaces de adaptarse, una nueva forma de exclusión social. Aquí no encontraremos viajes espaciales ni seres extraterrestres. La novela gira alrededor de la tecnología de realidad aumentada, que gracias a las lentillas se superpone a la visión de quien las lleve, permitiendo un acceso rápido e instantáneo a la información.

 

La novela empieza con el protagonista, Robert Gu, un célebre poeta, que despierta curado de alzhéimer y rejuvenecido, en un mundo casi desconocido para él, donde tendrá que asistir a clases para adaptarse a las nuevas tecnologías y evitar así, quedarse atrás en la sociedad. Esta obra trata diversos temas, como la inteligencia superhumana, que podría resultar de la conexión electrónica de millones de personas, el surgimiento de la inteligencia artificial o el intento de control de masas por parte de personas, grupos o entidades privadas.

 

Todo lo que he leído de Vernon Vinge me ha gustado mucho, y esta novela no ha sido menos. En el 2007 se llevó los premios Hugo y Locus. Aunque siento cierta debilidad por la temática de viajes espaciales, de vez en cuando agradezco leer una especulación mucho más cercana en el tiempo. Del mismo autor, destacaría la Serie Queng Ho, que consta de tres títulos: Un fuego sobre el abismo (1992), Un abismo en el cielo (1999) y The children of the sky (2011), esta última todavía no se ha traducido al español. Si quieres ver cómo podría ser nuestra vida dentro de cuarenta o cincuenta años, Al final del arco iris, es tu novela.



lunes, 7 de noviembre de 2022

Gente de barro (Reseña)

 


Gente de barro (del original en inglés Kiln people) es una novela que mezcla el género de ciencia ficción con la novela negra de forma brillante. Su autor es David Brin, astrónomo y físico. La escribió en el año 2002, y es de esas novelas, que no te dejan indiferente. Brin, propone aquí, un futuro donde la clonación humana es una realidad diaria, y dependiendo del uso al que vaya destinado el clon, tendrá un color u otro. La vida de estos dittos o golems como son llamados estas copias humanas, duran 24 horas. En el momento de su creación, conservan todos los recuerdos del original. Al término de la jornada, los archis (sus originales humanos) pueden, si lo desean, descargar la memoria de sus copias para añadirla a la suya propia. De esta manera, los originales o archis, incrementan sus experiencias añadiendo la de sus clones. La trama de la novela, parte con el protagonista, el detective Albert Morris y sus duplicados, tratando de evitar que se continúen haciendo copias piratas de una cortesana llamada Gineen Wammaker. Sin embargo, pronto se descubrirán una serie de conspiraciones que dificultarán y enredarán este caso, que en un principio parecía sencillo de resolver.

 

David Brin es un genio. En esta obra, no solo atrapa a la persona lectora con la trama, sino que nos presenta a estos duplicados o golems, como seres sin derechos. Esto es algo, que, como lectores, no nos dejará indiferentes, ya que nos hará plantearnos cuestiones éticas y morales, que fácilmente las podemos trasladar incluso a nuestra época y momento histórico.

 

Gente de barro se colocó en la segunda posición en cuatro de los más prestigiosos premios literarios de ciencia ficción, a la mejor novela de Ciencia Ficción/Fantasía del año 2002: el premio Hugo, el premio Locus, el premio John W. Campbell y el Arthur C. Clarke. No en vano, creo que es otra de esas novelas, que hay que leer y releer con el paso de los años.  Entre otras obras del mismo autor, destacaría la serie de La elevación de los pupilos, siendo Marea Estelar la primera de las seis novelas que integran dicha saga, y que recibió los premios Nébula y Locus (1983) y Hugo (1984). 



martes, 1 de noviembre de 2022

EL Devorador de secretos (Relato)






     

   
Lentamente, Silvia Aramburu se despierta. Abre sus grandes ojos verdes, aunque no es capaz de ver nada. Sus blancas manos de porcelana, acarician la superficie de un colchón, y siente que el tejido es áspero al tacto. Además, la tela tiene grandes agujeros. Sigue palpando a su alrededor hasta sentir unas frías baldosas. «¿Dónde estoy?» Piensa. Se sienta e inconscientemente acaricia un mechón de su rubia cabellera. Tras un encogimiento de su corazón, rápidamente se palpa su entrepierna: sigue vestida con sus pantalones cortos ajustados. Luego comprueba que el sujetador siga en su sitio. Suspira aliviada, pues todo parece normal, excepto por haber despertado en una habitación oscura, sin saber dónde se encuentra. Rebusca en su memoria para hallar en ella su último recuerdo. Había acabado su turno en la discoteca Priveé, donde trabaja como bailarina y después de ducharse y cambiarse, salió por la puerta trasera en dirección al parking. No recordaba nada más. Revisa los bolsillos del pantalón, buscando el tabaco y el mechero. No encuentra nada, lo que quiere decir, que quien la haya traído aquí, se lo ha quitado. Se levanta en su metro ochenta de estatura y sus manos hacen de ojos en la oscuridad. Va dando pequeños pasos hacia delante. Al cabo de seis pasos, sus dedos tocan una pared. Sigue recorriendo el perímetro, hasta que sus manos acarician una forma conocida: es el pomo de una puerta. Está convencida de que estará cerrada. Lo gira lentamente y oye un nítido “clic”. Está abierta. Desde el quicio de la puerta, observa una luz titilar, que proviene de la habitación de enfrente.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —Grita, hacia la claridad.


        «¿Qué ha sido eso? ¿Era una voz femenina? ¿Lo habré soñado?» Fabián Torres no está seguro. Abre los ojos e inmediatamente sabe que algo no va bien. No sabe dónde se encuentra. Se incorpora y casi se cae al sobrevenirle un mareo. —Mierda —masculla. Seguro que le debían haber drogado. Respira profundamente varias veces, exhalando lentamente. Se lleva la mano a la cintura y suelta un improperio. Le falta la cartuchera con la pistola, y por lo que nota, también la placa y la cartera. Ayer, cuando terminó la vigilancia del narcotraficante al que estaban siguiendo, fue a cenar a una pizzería cercana a su casa. No tomó vino, solo agua y café descafeinado después del postre. Lo recuerda muy bien, pero supone que, al salir en dirección a su casa, debió desmayarse. Alarga los brazos y a tientas empieza a caminar, con cuidado de no tropezar con algún obstáculo. Al cabo de unos pocos pasos, encuentra una pared y sigue su contorno. No tarda en dar con una puerta. Abre con decisión, y la cruza. Enfrente, hay una mujer que se gira asustada al escuchar el ruido a su espalda. No puede ver sus rasgos, ya que permanece en penumbra debido a que la única luz, proviene de la estancia que ahora está detrás de ella.
—No se asuste, soy policía. ¿Se encuentra usted bien?
—No sé qué hago aquí… ni tampoco cómo he llegado.
—Yo tampoco, —contesta Fabián— pero vamos a averiguarlo.
Sin más dilación, apartó suavemente a la mujer y entró en la sala de la que provenía la única luz.




        La habitación no es muy grande y no hay nada más que una mesa ovalada y dos sillas, puestas a cada lado. Encima, una vela grande y ancha alumbra la estancia y hace brillar un teléfono rojo, antiguo, de aquellos que se marcaba haciendo girar un disco con un dedo. El aparato está conectado a un pequeño altavoz que se encuentra a su lado. Fabián coge el auricular y tras comprobar que no hay línea, lo vuelve a colocar en su lugar. Toma la vela con una mano, y sigue el cable telefónico, el cual le lleva hasta una pequeña caja de conexión, en un extremo de la habitación. Sigue revisando las paredes y al terminar, sale en silencio hacia el cuarto dónde ha despertado minutos antes. Ve que, a un lado, hay otra habitación, supone que será donde ha despertado la mujer. Ella le sigue, pues no desea quedarse a oscuras. Examina las dos habitaciones sin encontrar nada destacable. En cada una solo hay un colchón viejo y un par de cubos, para hacer las necesidades. Nada más. No es capaz de encontrar una puerta o una abertura, que permita poner fin a su cautiverio. Porque está muy claro, son prisioneros. Regresan al comedor, y se sientan a la mesa. Entonces, un sonido estridente y molesto les sobresalta: el teléfono está sonando.


—Hola Fabián. Sabía que serías tú quién respondería la llamada.
—¿Quién coño eres? ¿Y por qué estamos aquí?
—Esa no es la pregunta correcta. Por favor, conecta el altavoz.
—Déjate de mierdas. Contesta, ¿quién eres y por qué estamos aquí?
—Deberíais preguntaros, ¿cómo saldréis de ahí? Y es bien sencillo. Cada uno de vosotros me contará un secreto. Pero no será un secreto cualquiera, sino aquel que jamás le confesaríais a nadie. Ese oscuro secreto que guardáis detrás de vuestro corazón, y al que la luz de la verdad nunca logra iluminar. Ese secreto es el que deseo. Recordad que el tiempo apremia, puesto que sin comer ni beber, tendréis de tres a cinco días como máximo para salir o de lo contrario, moriréis.
—¿Quién coño eres? ¿De qué vas? —Gritó el policía, perdiendo los nervios.
—Soy el Devorador de Secretos. —Hubo una larga pausa, antes de que la voz al teléfono, volviera a hablar—. Cuando alguno de los dos, esté dispuesto a alimentarme, solo deberá marcar el número seis.
Al cabo de un segundo, se cortó la llamada, quedando la línea en silencio.




—Yo no tengo secretos. —Silvia Aramburu se acaricia las sienes, pues nota un incipiente dolor de cabeza. —Al menos, nada que sea importante —añade.
—En mi caso, tengo muchos secretos, pero son de carácter profesional. Siendo policía, sé cosas de mucha gente, pero la información que manejamos es confidencial, no podemos difundirla.
—No lo entiendo. ¿Por qué yo? Soy una simple chica que se gana la vida bailando, para tratar de pagar el alquiler y llegar a fin de mes. Poco más. Ni siquiera soy una persona dada a las fiestas y al desmadre. Mi trabajo es bailar, pero regreso a casa en cuanto termino el turno.
—No lo sé, es todo muy extraño. Yo estoy trabajando en un caso de narcotráfico, pero esto no parece que tenga nada que ver. Una bailarina y un policía… hacemos una extraña pareja —reflexiona.
El policía cierra los ojos para tratar de concentrarse y pensar con claridad. Al cabo de un rato, no consigue establecer una relación entre la bailarina y él. Hasta hoy, no la había visto nunca ni sabía de ella. Es muy guapa y atractiva, por lo que está seguro de que la recordaría. La voz de la mujer, le obliga a levantar la mirada.
—Busquemos otra vez la salida, por fuerza debe haber una.
Ella ilumina la estancia, mientras Fabián Torres escudriña lentamente cada rincón. Va haciendo sonar con los nudillos las paredes y más tarde el suelo. Nada suena a hueco, todos los golpes le devuelven un rumor sordo, que no hace más que confirmar, la solidez de los muros y del suelo. Decide probar más suerte con el techo. Utiliza una de las dos sillas para encaramarse y tantear el artesonado, obteniendo el mismo resultado.
—Probemos en el pasillo. —Propone ella.
Empleando el mismo procedimiento, el policía explora centímetro a centímetro, el corto pasillo.
—Nada, todo es sólido. —Torres comienza a sentir como la desesperación se abre paso en su interior, aunque todavía quedan las dos habitaciones por inspeccionar—. Sigamos.


        Les llevó bastante tiempo, y el resultado no pudo ser peor. No encontraron el más mínimo indicio, de una puerta o de una trampilla. Seguían sin saber, cómo habían llegado allí.




        Pasaban las horas insidiosas. Los cautivos tenían hambre, aunque lo que peor llevaban, era, sin duda, la sed. La sequedad de la garganta empezaba a producirles un ligero escozor. El ánimo cayó en picado como un ave de presa sobre una víctima desprevenida.
—Sincerémonos entre nosotros. —Propuso Fabián.
—¿Y qué quieres qué te diga? —Contestó ella con voz ronca—. Ya dije que no tengo secretos y es verdad. He cometido alguna infidelidad, nada del otro mundo. Incluso una vez fue con un hombre casado. Pero él terminó la aventura, y yo lo acepté de buen grado. Así son las cosas. ¿Y qué hay de ti?
—Nada excepcional. He tomado algunas drogas, pero poco más. De vez en cuando, después de decomisar un buen alijo, cojo un poquito para mí, apenas unos gramos, nada que sea desorbitado o excesivamente llamativo. Y tampoco lo hago siempre, solo de forma esporádica. Dudo mucho, que pueda ser el motivo para tenerme aquí encerrado.
Silvia Aramburu lo mira con atención. No le cree. Está segura de que algo esconde el policía. ¿Y si tiene que ver con el caso de narcotráfico en el que estaba trabajando? No, no puede ser. Ella no tiene ninguna relación con el mundo de las drogas, pues las detesta. No puede pensar con claridad por culpa del dolor de cabeza, que poco a poco, se abrió paso con el lento discurrir del tiempo.
—¿Te importa quedarte un momento a oscuras? —Le pregunta—. Necesito ir al baño.
—No, por supuesto. Adelante, llévate la vela.
Sale del comedor y entra en “su” habitación. Considerar ese agujero como si fuese suyo, le ha clavado un puñal de angustia en el corazón. «Respira hondo», se dice a sí misma, al quedarse mirando los dos cubos situados en un rincón. Deja la vela en el suelo, se baja los pantalones y las braguitas. Se muere de ganas de orinar, pero allí, necesita concentrarse para hacerlo, ignorando por completo, que un par de ojos la están observando, complaciéndose de lo que ven.




—Me encuentro cansada y me duele bastante la cabeza. Solo quiero cerrar los ojos y dormir. —Dice nada más regresar al pequeño comedor.
—Yo también me siento algo fatigado. Durmamos un poco, tal vez más tarde, tengamos la cabeza más despejada, y podamos pensar con más claridad.
—¿Te importa si compartimos la habitación? No quiero estar a solas en ese cuchitril.
—No, por supuesto. Voy a traer mi colchón.
—Por favor, también la vela.
Fabián asintió y después de acompañar a Silvia hasta su colchón, se ayudó de la vela para ir por el suyo. Lo colocó junto al de ella y dejó la vela en un rincón de la pared opuesta, lejos de los jergones, para evitar cualquier tipo de accidente con la llama. Se estiró a su lado. Giró el cuello, y la miró. Parecía dormida, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Veía su pecho ascender y descender a un ritmo acompasado. Se dio la vuelta y pensó en su situación. Estaba en un serio aprieto y debía averiguar cómo salir de ahí. Aunque sería más tarde, después de haber descansado un poco.






        Silvia abre los ojos. Se siente algo mejor, pues el dolor de cabeza ha desaparecido. Sin embargo, tiene la garganta completamente seca. Aunque tiene hambre, no es de comer mucho, así que, de momento, la falta de alimento la lleva bastante bien. Se da la vuelta, y observa a Fabián, que la está mirando fijamente con sus ojos grises, y siente un escalofrío. No sabe el porqué, pero no le gusta como la mira, pues la hace sentir incómoda. Le pica la garganta y tiene los labios terriblemente cortados y secos.
—Buenos días, por decir algo.
—Si es que realmente es de día.
—Debe ser de día, aunque es imposible adivinar la hora. Pero debe ser por la mañana, de eso estoy seguro.
—¿Qué vamos a hacer?
—No lo sé. —Fabián se le acerca un poco más y le susurra al oído: He pensado en inventarme un secreto. Puede que se lo crea. Hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que salga bien. O mal, claro está.
—¿Y si descubre que es una mentira?
—¿Qué puede ser peor que morir de sed y de hambre? No hay mucho que perder, ¿no crees?
—Tal vez tengas razón. Si alguno de los dos consigue engañarlo y sale de aquí, podría buscar ayuda.
—Yo también puedo inventarme algo y probar suerte.
—La mentira debe ser creíble, y debe ser un hecho que se salga de lo corriente. Confesaré un asesinato. Diré que fue a sangre fría, y que después, lo hice pasar por defensa propia. Debe ser algo relacionado con mi trabajo, por supuesto. De lo contrario, es posible que no se lo trague.
—¿Y yo? Es imposible que pueda plantear algo así.
—¿Un aborto, tal vez? —Sugiere Fabián.
Silvia se levanta y le da la espalda. Algo se ha roto dentro de ella. Empieza a caminar, tratando de desentumecer las piernas.
—Podría ser —responde—. La pregunta es: ¿Será lo suficiente oscuro para él?




        Sentados frente al teléfono, Silvia se muerde las uñas inconscientemente. Fabián se muestra sereno. Ambas miradas se encuentran y se hablan sin decir nada. Un cincuenta por ciento. O sale bien, o sale mal. Con energía, levanta el auricular y conecta el altavoz. Introduce el dedo índice de la mano derecha en el número seis de la rueda de marcación, y la gira con determinación. Al cabo de un segundo, se oye un chasquido, que confirma que el interlocutor, que se encuentra al otro lado, ha descolgado el aparato.
—Le explicaré mi gran secreto. —Fabián confía en que todo salga bien, aunque su voz interior, le dice que las cosas nunca suelen ser tan sencillas.
—Bien, soy todo oídos. —El tono de la voz del desconocido, es jovial. Parece estar disfrutando con esto.
—Hace dos años, en el transcurso de una intervención, disparé contra un sospechoso. Estaba desarmado y se arrodilló con las manos detrás de la cabeza. En una mesa situada cerca de él, vi una pistola. No sé por qué lo hice, pero en vez de esposarlo, lo maté a sangre fría, de un tiro en la frente. Fue un impulso. Todavía a día de hoy, sigo sin entender cómo pude reaccionar así. Después le puse la pistola en una mano y declaré que disparé en defensa propia. Todos me creyeron. Incluso fui condecorado por ello. Jamás se lo he contado a nadie.
Después de la confesión, se hizo el silencio. Al cabo de varios minutos, el Devorador de Secretos, volvió a hablar.
—Buen intento. Lo único que has conseguido, es perder tiempo, y eso solo te acerca más a la muerte. Si no me alimentáis con vuestro secreto más oscuro, moriréis. El tiempo es vida. No lo olvidéis.
La llamada terminó. Ahora, ese cincuenta por ciento, se había reducido a cero.




        Las horas pasaban inciertas y borrosas. Fabián tuvo episodios de cefaleas, aunque haciendo ejercicios de respiración consiguió que, estas fuesen remitiendo. Por su parte, Silvia ya había sufrido algún calambre en el estómago. La vela, que se había consumido en una cuarta parte, continuaba alumbrando penosamente la estancia. Ya tenían poco que decirse el uno a la otra. Por más que pensaban, no se creían poseedores de un secreto tan terrible que necesitase ser confesado. Fabián se mostraba apático y contemplaba absorto los movimientos de la llama. Silvia sintió ganas de orinar otra vez. Dudaba mucho de poder conseguirlo, pues llevaba demasiado tiempo sin beber, pero a pesar de todo, decidió intentarlo.
—Vuelvo a tener ganas de hacer pis. ¿Te importa que te deje unos minutos a oscuras?
Fabián Torres salió de su ensimismamiento y al cabo de unos segundos, contestó negativamente con la cabeza. Silvia le dio las gracias y le prometió no tardar.



            «Mierda, no voy a poder mear», pensó. Otro motivo más para sentirse abatida. Con las bragas y los pantalones cortos en los tobillos, en cuclillas sobre un cubo viejo y oxidado en una oscura habitación, Silvia Aramburu ignora que, a su espalda, una figura está observándola en la oscuridad. Al cabo de unos minutos, desiste por completo de aliviarse. Se pone de pie y cuando se agacha para subirse las braguitas, recibe un fuerte empujón que le hace caer bruscamente al suelo. Afortunadamente, las manos paran lo peor de la caída, aunque la muñeca derecha le duele terriblemente, pues está segura de que se habrá roto. Se da la vuelta, y a pesar de que la oscilante luz de la vela crea sombras y desfigura la imagen de su agresor, lo reconoce al instante: es Fabián. No es capaz de ver sus rasgos debido a que el rostro permanece en penumbra, pero advierte con horror que está desnudo de cintura para abajo, con el miembro en erección. Su cuerpo reacciona al miedo respondiendo con lo que, minutos antes, era incapaz de hacer, aflojando la vejiga y generando un pequeño charco en el frío suelo. Sus labios apenas se mueven cuando murmura: —No, otra vez no.


        Despertó casi satisfecho. Consiguió llegar al éxtasis a pesar de que ella se había desmayado. Sin duda, habría sido mucho más excitante que se hubiese mantenido consciente. El terror, los forcejeos y las lágrimas que se producían durante el acto, le excitaban mucho más. Pero, aun así, había disfrutado, tanto, que se había quedado dormido allí mismo, en el suelo, al cabo de unos segundos de acabar. Se levantó y la miró. Estaba prácticamente como la había dejado, con las piernas abiertas y los ojos cerrados. Con la vela en la mano, salió de la habitación. Se sentó a la mesa y dejo la vela cerca del teléfono. Meditó unos minutos, repasando mentalmente todo lo acontecido. Ya no tenía sentido guardar silencio. Silvia Aramburu entró silenciosamente en el comedor, y se sentó en la mesa, frente al policía. Tenía una mirada ausente, con los ojos abiertos y apenas pestañeaba. Sus lágrimas creaban surcos en la suciedad de la piel, como un río vadeando por una quebrada. Pero no emitía ningún sonido. Solo estaba ahí, presente pero ausente. Fabián tomó el auricular y después de conectar el altavoz, marcó el número seis. Al sexto tono, el Devorador de Secretos contestó la llamada.
—Soy un violador, —Fabián Torres confiesa, tratando de mostrarse sereno.
—Lo sé, tengo ojos en todas partes. Has violado a tu compañera de cautiverio.
—No sé qué me ha ocurrido, pero me he convertido en un abusador.
—Mi secreto, —Silvia interviene, sorprendiendo a Fabián— es que fui violada hace un par de años. —Dice con voz ronca.
Durante un minuto, el silencio se adueñó de la sala.
—No es suficiente. —Sentencia el Devorador de Secretos, finalizando la llamada y dejando la línea muda.
Nuevamente, Fabián Torres marca el número seis.
—¡Está bien! Te diré cuál es mi secreto más oscuro, pero, ¿cómo sabré que cumplirás tu palabra?
—Tendrás que fiarte de mí. Así son las cosas. Pero puedo aseguraros, que os indicaré la salida de esta pequeña mazmorra.
—Soy un violador… llevo años haciéndolo. He violado a decenas de mujeres. ¿Estás contento? Ahora ya lo sabes.
Del altavoz llegaron unos entusiastas aplausos.
—Bravo, Fabián. Al final, me has alimentado. Bien hecho. —El Devorador de Secretos no ocultaba su satisfacción y alegría—. Y bien, Silvia, ¿tú no te animas? Sin tu secreto no podréis dejar atrás este zulo, y volver a ser libres.
—No merezco salir, —responde, y mirando al policía, agrega: Y tú tampoco.
Las lágrimas vuelven a recorrer su rostro. La apatía la envuelve como una tela de araña. Está decidida a dejarse morir.
—¿Qué? ¡Eso no es justo! —Grita Torres, que se levanta y toma la silla para estamparla en la pared. Un estallido de dolor en la cabeza le hace perder el equilibrio, cayendo al suelo. Se siente sin fuerzas, cansado. Cierra los ojos, todo le da vueltas. Nota como la consciencia se aleja de él.




        Lentamente, el parpadeo inconsciente le permite entrever la cálida luz. Abre los ojos y ve unas piernas de mujer, detrás de las patas de una mesa. A su lado, una silla de madera está tumbada. Se desmayó. Fabián se levanta y se apoya en la mesa, tratando de enfocar la vista en Silvia.
—¡Díselo! ¡Díselo, maldita sea! —Grita con la voz rota, no tanto por la falta de líquido, sino por la angustia, que le atenaza el corazón.
—Jamás. —Las facciones de Silvia se muestran relajadas, serenas. La asunción y expiación de sus propios pecados mediante el sacrificio de la muerte, se le antoja un final apropiado para ella.
—¡Yo sí te di mi secreto! —Grita al aire Fabián, gimoteando—. ¡Esto es injusto!
Al cabo de unos minutos, el timbre del teléfono reverbera en la pequeña cárcel, sonando estridentemente alto. Ya que Silvia no reacciona, Fabián descuelga el aparato, conectando el altavoz.
—Vuestro tiempo ha acabado. Seré yo, pues, quién revele el amargo y oculto secreto de Silvia: eres una asesina —dice, dirigiéndose ella. Mataste a tu bebé recién nacido, ahogándolo en el río. —Fabián Torres no da crédito a lo que acaba de oír. Mira a Silvia, que se encuentra con los ojos abiertos, llorando en silencio, sumida en una especie de estado catatónico, sin mostrar emoción alguna—. Fabián, —continúa diciendo— he decidido ser clemente y piadoso contigo, ya que confesaste tu secreto más oscuro. Desconecta el altavoz, y te diré donde encontrar la salida.


        Fabián hizo lo que el Devorador de Secretos le pidió, llevándose momentos después el auricular a su oreja. Al cabo de un minuto, colgó el teléfono y salió del pequeño comedor, dejando allí a Silvia. Anduvo por el corto pasillo hasta la esquina oeste. Se escuchó un zumbido, y un sonido sordo. Palpó con las manos el suelo hasta dar con la abertura de una trampilla. Una escalerilla de mano hecha de barras de hierro, descendía en la oscuridad. Pasó un pie y después otro, y bajo tres peldaños. Según las instrucciones, en la parte de debajo de la trampilla, encontraría una linterna. Debía pues, cerrarla. Era pesada y él se encontraba bastante débil. Le costó moverla, pero sentir la forma tubular del mango de la linterna le hizo recobrar las fuerzas. En cuanto cerró la pequeña portezuela, de nuevo se escuchó un zumbido. Sin duda, era una cerradura electrónica que se accionaba remotamente. Desenganchó la linterna que estaba sujeta con cinta aislante y la encendió. Una luz amarillenta le permitió observar la trampilla. No podría volverla a abrir, pues el mecanismo se encontraba dentro de la misma. Bueno, le daba igual, al fin y al cabo, no iba a querer regresar allí jamás. Descendió con rapidez los dos metros y medio hasta llegar a un túnel horizontal, cuyo final no podía precisar debido a la poca luz que proporcionaba la linterna. Anduvo deprisa siguiendo el camino. Calculó que debía llevar unos doscientos metros recorridos, cuando la luz de la linterna se apagó de repente, quedándose a oscuras. De inmediato, le sobrevino una sensación claustrofóbica, y sintió un mareo. Golpeó con frenesí la punta de la linterna y esta volvió a funcionar. Continuó andando por el pasaje subterráneo que, al cabo de una decena de metros, giró hacia la derecha. Habría andado unos cincuenta pasos desde el recodo, cuando se topó con una enorme masa de hormigón que bloqueaba el corredor por completo.
—¡Hijo de puta! —Gritó con todas sus fuerzas.
Estaba atrapado en el túnel. Ya nada podía ir peor. Decidió dar la vuelta para tratar de examinar la trampilla con más detenimiento y en cuanto dio dos pasos la linterna se apagó, sumiéndole en la más profunda oscuridad.




        Caen las hojas en un otoño tardío, formando un manto verde y amarillo en los pasillos del cementerio. Ya no se oye el canto de los mirlos, que después del verano fue sustituido por el de los zorzales. Vestido con un traje negro, y mocasines del mismo color, Juan Almanegra camina con paso lento y acompasado. Lleva un ramo de flores frescas compuesto por media docena de rosas, combinadas con azucenas, narcisos y peonías, las favoritas de su hija. Se detiene frente a una tumba de granito negro y pone una mano en la lápida. Con cuidado, coloca el ramo encima.
—Ya está hecho, mi vida. Cuando viniste a visitarme al hospital tiempo después de lo sucedido y casualmente, reconociste a tu violador, deberías habérmelo contado. Tal vez podríamos haber luchado juntos. Sin embargo, saber que era un policía fue demasiado para ti. Tuviste que creerte desamparada, pues inculpar a todo un agente de la ley, ciertamente hubiese sido muy complicado y difícil. Pero lo podríamos haber intentado. En cambio, decidiste marcharte por tus propios medios, y no te lo reprocho. Fue duro encontrarte en la bañera, rodeada de rojo carmesí. Al menos, me consuela que me dejases una nota explicándome el porqué de tu partida. Así, he podido hacer justicia. Y, ¿sabes qué? También hice justicia con aquel bebé ahogado que vimos en las noticias, días antes de tu ausencia definitiva. Reconocí a aquella mujer a la que atendí en urgencias después de una violación, aunque en el centro comercial tenía mucho mejor aspecto. Vestía un vestido gris, y llevaba gafas de sol incluso dentro del recinto. Pero era ella e indudablemente estaba embarazada, a pesar de que por lo que pude apreciar, trataba de disimularlo, sin mucho éxito he de decir. Al cabo de tres o cuatro meses la volví a ver, esta vez nos cruzamos en los pasillos del hospital. No tenía buen aspecto. Lucía unas grandes ojeras, y había adelgazado muchísimo. Ni rastro del embarazo. Decidí comprobar su historial médico, y en ninguna parte aparecía un solo dato correspondiente a su embarazo. Eso solo podía deberse a un solo motivo: nunca dio parte de su estado ni parió en ningún centro hospitalario. Sumé dos y dos, y no me equivoqué. Pero ahora, ese bebé también descansa en paz. Te quiero hija. Pronto volveré a verte.






        Las primeras gotas de una tormenta caían aleatoriamente por doquier, dejando pequeños círculos húmedos sobre los pétalos de las flores, sobre el duro granito y sobre las hojas caducas del camino. Juan Almanegra camina a paso lento, ignorándolas. El Devorador de Secretos se ha alimentado. Seguramente, dentro de un tiempo, vuelva a tener hambre.


                                                             FIN




            Este relato está bastante alejado de lo que suelo hacer. Sin embargo, escribir algo así de oscuro es, hasta cierto punto, catártico. Todas las personas tienen secretos. Nadie es tan transparente ni tiene la necesidad de no albergar alguno. No hace falta que estos sean oscuros y siniestros, ni tampoco fruto de una mala experiencia. A veces son pequeñas cosas que no revisten de la menor importancia. Aun así, los seres humanos necesitamos tener siempre un poco de privacidad, o no seríamos las mismas personas. La autojustificación de Almanegra expresa, en cierto modo, ese sentir patriarcal, ese juicio que cualquier persona emite sin conocer ni profundizar en los porqués de ciertos actos, que son, desde luego, horrendos. Creo que, en ciertos casos, la sociedad debería abrir caminos, puertas y ventanas para aquellas personas con unas necesidades realmente especiales. Sin embargo, no es así, y más tarde vemos en las noticias, actos que nos parecen de pura crueldad, pero que detrás de ellos, no hay nada más que desesperación y sufrimiento.

         Siento debilidad por aquellas narraciones que no terminan bien. Los finales que acaban bien, me gustan para una historia romántica, de aventuras o incluso, para una de superación personal (aunque una historia de superación personal con un final terrible, no es para nada una mala idea). Las historias están para producirnos emociones, igual que la poesía. Leer una novela o un relato, y que el final te deje “mal cuerpo”, siempre será mejor que un final excesivamente tópico de final feliz. Con seguridad, la persona lectora lo recordará mucho más tiempo.